Actualizado: 12/12/2017
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Cementerios, tanatorios y piscinas

Cementerios, tanatorios y piscinas

Vía: Josep Maria Fonalleras

Como escribía el otro día Quim Monzó, una cosa es llamarlo cementerio y otra «parque científico con un almacén temporal centralizado de residuos nucleares», que es el largo eufemismo usado por Jordi Bruno, profesor de la UPC y director de la Cátedra Enresa-Amphos de esa universidad.

Pero el experto en residuos radiactivos fue más allá aún en su dominio del lenguaje. En Tarragona, hace seis meses, negó que el «parque científico» por el que acaba de presentar candidatura Ascó fuese un cementerio. «Como mucho – afirmó– es un tanatorio». Excelente matiz. El cementerio, que tiene una mala fama terrible, es el lugar en el que se entierran los cadáveres y donde se van descomponiendo hasta llegar a la putrefacción, hasta convertirse en el polvo que un día fueron, tal como enseñaba el catecismo.

Un tanatorio es otra cosa muy diferente. Sin llegar a los niveles optimistas de una pista de hielo o de un flotilandia, es el espacio amable, sonorizado con hilo musical, con butacas cómodas y atmósfera aséptica, donde el cadáver permanece un día o un día y medio, bien maquillado y vestido, a punto de ir a parar al cementerio o convertirse en polvo y depositarse en medio de uno de los parajes queridos por el difunto. En los tanatorios dentro de poco habrá un servicio de cátering para que familiares y amigos, mientras esperan la cremación, puedan comer algo y matar, con perdón, el tiempo de espera.

Habrían podido llamarlo también columbario, que es una palabra bellísima que nadie sabe exactamente lo que significa, pero que forma parte del campo semántico al que nos hemos abonado en estos días para hablar del ATC. Y no sé por qué no puede mantenerse el término piscina, que es donde ahora se acumula la mierda de las centrales. Creo que Homer Simpson estaría de acuerdo.

Publicado en: elperiodico.com

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