Actualizado: 12/11/2018
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El cementerio japonés de La Vigía

El cementerio japonés de La Vigía

Vía: Sergio Reyes es escritor e investigador histórico

Al final de un angosto camino que traspone los limites urbanos y se adentra en terrenos de vocación agrícola compartidos con crianzas de la más variada especie, se vislumbra un silencioso altozano que emerge en medio de la hirsuta llanura como único obstáculo que interfiere la mirada libre hacia el Oeste, allende el Masacre, en la ruta a Juana Méndez y otros poblados del norte de Haití.

No reclama, este lugar, la pomposa calificación de Necrópolis con la que eran denominados en el pasado los recintos destinados al descanso eterno de los restos –y las almas- de los fallecidos, a tono con las creencias animistas, vigentes en materia religiosa.

Tampoco reivindica una inalcanzable condición de Colina Sacra, dada la reducida elevación con que cuenta, la que apenas le permite elevarse algunos palmos para otear, en lontananza, los espacios circundantes y percibir el cálido aliento del sol, disipado apenas por alguna ráfaga de brisa con la que, de cuando en cuando, nos regala la compadecida Madre Naturaleza.

Sin embargo, con todo y la discreta soledad que sobrecoge el alma, a este simbólico recinto enclavado en la Colonia Japonesa de La Vigía, en Dajabón, le adorna una serie de cualidades que, a la par con su condición de centro de veneración religiosa y recordación familiar, le convierten en un interesante ícono cultural y un referente, quizás único en la República Dominicana, del provechoso paso y estadía en nuestras tierras de los hijos de la tierra del Sol Naciente: los esforzados y honestos inmigrantes de origen japonés.

En efecto, tan pronto nos adentramos en el reducido espacio rectangular que corona la parte más alta del leve promontorio al que hemos hecho mención, nos apercibimos de que estamos en los umbrales de una experiencia que trasciende los sentidos y nos transporta a espacios en los que prima el estricto apego a las normas del honor, a los principios que norman la convivencia entre los humanos y, lo que es más aun, el respeto a las reglas que moldean la formación del individuo, emanadas de un riguroso entorno religioso y familiar.

Un cálido sol mañanero, como es usual en el ámbito de la Línea Noroeste, acicateaba nuestros pasos, aquel día. Sus rayos descolgábanse furibundos y penetraban, junto a nosotros, por el discreto portón que franquea el paso al camposanto. La construcción del recinto y la disposición de su línea de avance, como queriendo atrapar al vigoroso astro rey en su afanoso recorrido en dirección Este –Oeste, hace volar los pensamientos a un sinfín de nostalgias y recuerdos que, como legado cultural, tienen sus raíces en el lejano archipiélago asiático de donde provinieron, hace casi  seisdécadas, los nobles inquilinos que ocupan en el presente las emblemáticas tumbas que tenemos a la vista.

Y en efecto, dispuestas a la manera oriental, a tono con los usos y creencias religiosas que acompañaron los pasos de los colonos nipones en una tierra extraña que al final terminaron adoptando como suya, este conjunto de monumentos funerarios siguen una orientación Norte-Sur, de tal suerte que la posición de la cabeza del finado siempre se encuentre colocada hacia el norte.

Portentosas moles rocosas de estructura similar a las que abundan en las riveras de los ríos de la región, o piezas rectangulares labradas en sólido granito, se encuentran colocadas en posición vertical, a la manera de los menhires usados por las antiguas civilizaciones e incrustados en la parte central de la mayor parte de las tumbas que constituyen este curioso cementerio; mientras que, en algunas, la identificación ha sido lograda con losas de mármol finamente moldeadas, hasta lograr un impresionante efecto de pulcritud y delicadeza.

En otros casos -los menos- las sepulturas cuentan solamente con un rústico trozo de madera colocado allí de manera provisional para indicar el lugar en donde -según se nos informó-, cumplido el plazo prescrito por los usos y la cultura de los inmigrantes en cuestión, será colocada de manera definitiva la losa de concreto o cerámica con la tarja o la roca que identifique los restos de quien allí reposa.

Interesantes símbolos, trazados en el idioma nipón, se encuentran estampados, mirando al sur, en la parte frontal de las tumbas, ya fuese en los menhires verticales, las lápidas a que nos hemos referido o los trozos de madera colocados de manera temporal. En todos los casos, la inscripción con los nombres se encuentra estampada en el centro y, en adición a ello, en los laterales se encuentran los registros alusivos a las fechas de nacimiento y muerte, entre otros detalles complementarios.

El proceso de integración cultural -en ambas direcciones- verificado en el seno de la pujante población dominico-japonesa de La Vigía ha permitido una distensión en las costumbres y usos funerarios seguidos a pie juntillas por estos inmigrantes luego de su establecimiento e inserción en el ámbito de la provincia Dajabón, en el año 1956. A ello se debe, quizás, la existencia de algunas tumbas con grabados en idioma español y japonés; Más sintomático aún es el hecho de que pudimos observar algunas tumbas rematadas con el inconfundible símbolo de la cruz, que identifica a la grey cristiana.

En su paso por la frontera y otros puntos de la geografía nacional, los nipones han dejado estampada una estela luminosa en la que se destaca su disposición al trabajo, su honestidad y su apego a las normas de conducta y la sana convivencia, prendas que, a su vez, les han hecho merecedores del aprecio y el respeto de toda la colectividad. La integración de los primeros colonos y los integrantes de su segunda generación a las labores agrícolas,  la ganadería, la elaboración de diferentes derivados lácteos, así como en múltiples actividades en materia comercial, la actividad cultural y la vida social en general, ha contribuido de manera significativa con el avance de la provincia y su inserción en la ruta del desarrollo sostenible.

Muchos de esos valiosos inmigrantes no están junto a nosotros en el presente: … fueron cayendo en el camino y desde las fosas de los humildes cementerios de las comunidades a las que ofrendaron sus afanes e ilusiones aún animan a los que quedan allí, y a sus descendientes, a seguir adelante, engrandeciendo a esta Patria, que también es suya.

La Vigía: destellos del Sol Naciente en la frontera. Reyes, Sergio. 2009. Por ello, en la misma medida en que reconocemos sus aportes debemos observar con respeto la forma en que estos manejan sus asuntos espirituales y filosóficos, lo cual constituye su orgullo y el legado de sus ancestros, al margen de otros credos y manifestaciones religiosas esgrimidos por diferentes sectores de la población netamente dominicana.

En ese tenor, entendemos que la comunidad de La Vigía y el resto de la población dajabonera debe estrechar los lazos de amistad y confraternidad para con los remanentes de origen nipón y sus múltiples descendientes, que vinieron a nuestra nación huyendo a las devastaciones provocadas en su patria natal como efecto de la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945) y siguiendo sueños de progreso y bienestar.

De igual manera, debemos respetar y poner en alto aquellos aspectos relevantes de su cultura y su comunidad que son, a la vez, parte constitutiva de los elementos representativos de la provincia que a todos nos deben enorgullecer y que todos debemos proyectar en el país y el resto del mundo.

El cementerio japonés, el monumento conmemorativo de los primeros 25 años de la inmigración y el santuario de la Virgen de la Altagracia, implantado allí por los sacerdotes jesuitas, así como las casitas originales construidas con madera y revestidas de asbesto cemento -junto a otras obras de infraestructura que aún se mantienen en uso-, forman parte del acervo histórico y cultural de la comunidad de La Vigía, en el Distrito Municipal de Cañongo; por tanto, corresponde a las autoridades municipales y a los integrantes de esa comunidad poner en alto estos valores y ofertarlos al visitante como parte integral del patrimonio cultural intangible de la provincia Dajabón y una muestra palpable de la hospitalidad, la solidaridad y la hermandad, entre los pueblos del mundo.

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