Actualizado: 15/12/2018
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Nadie quiere un tanatorio en su barrio

Nadie quiere un tanatorio en su barrio

Vía: Autor: Anatxu Zabalbeascos

Esa fue la primera lección de este encargo. Una empresa de seguros recurrió al arquitecto Martín Lejárraga para encargarle un tanatorio. Quisieron involucrarlo en todo el proceso: desde la búsqueda de la parcela donde levantarlo hasta la construcción del edificio. Y, buscando solares en la zona norte de Cartagena, entre el campo de esa ciudad y el Mar Menor, eso fue lo que aprendió el proyectista: el inmueble debía quedar lejos pero estar cerca a la vez para cuando fuera necesario utilizarlo. ¿Cómo resolvió esa paradoja?

Lejárraga recurrió al horizonte, inalcanzable pero visible, y de ese espacio infinito derivó a la obra del norteamericano Edward Ruscha, un pintor de un mundo sobre ruedas y de un paisaje de velocidad (y horizontes). Así, cómo reconocer en la distancia el edificio en un entorno de rótulos exóticos se convirtió en su primera indagación. Y la solución fue la más sencilla: optó por callar en lugar de hacer ruido. Frente al griterío de los rótulos vecinos, Lejárraga simplificó: apoyó el letrero sobre el remate del plano de fachada y lo recortó contra el cielo. En un mundo de distancias y horizontes infinitos, lo tranquilo resulta más llamativo.

La parcela menos incómoda la encontraron en un polígono industrial. El marco puede ser discutible, pero estaba bien proporcionada y orientada, estaba abierta al aparcamiento del sitio y se ampliaba con la zona verde del recinto, una especie de secarral con cuatro cipreses que, por fin, iba a encontrar un nuevo uso más allá del ornamental.

Un polígono industrial no es un lugar de reposo. Y un tanatorio sí es un espacio en el que no se quieren prisas, ni ruidos. El edificio debía quedar aislado, una nube en medio de un marco de almacenes y fábricas. Un lugar introvertido pero no duro desde el exterior y blanco e iluminado en el interior consigue ese paréntesis: la posibilidad de abstraerse por unos minutos.

Así, la sencillez es la clave. Aquí no hay engaño, no hay acabados que embellezcan, se trata de un espacio limpio, sereno. Nada más. Este es un lugar que, más que acompañar, elige no molestar. En el interior, el color blanco y la luz natural unifican la obra. En la distancia corta, las texturas diferencian las partes.

Lejárraga ideó y construyó también todo el mobiliario de la capilla: de los bancos a los elementos simbólicos y funcionales de la liturgia: la cruz, el altar o el ambón. No rompen esos diseños de tablón de madera de pino la tranquilidad de inmueble, al contrario, forman parte de su mutismo.

Publicado en El País

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