Actualizado: 13/12/2017
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El enterrador arqueólogo

El enterrador arqueólogo

Vía: Raúl Cosano / Diari de Tarragona

Pedro Cruz, sepulturero y aficionado a la historia, recupera en sus ratos libres las lápidas artesanales y antiquísimas, joyas barrocas de las que ya no se estilan.

Se mueve por el camposanto con la destreza que le dan sus 36 años de trabajo en el lugar. Dice que los tiempos han cambiado, y para mal.  Cuenta que todo se deshumaniza, que la prisa asfixia y, salvo el 1 de noviembre, nos olvidamos de los difuntos.

A Pedro Cruz, turolense de nacimiento pero afincado en Tarragona desde que tenía tres años, el ajetreo no le impide mantener, con mimo y atención, una labor insólita: recupera las lápidas antiguas cuando hay que desalojar alguna isla de nichos y las guarda en un rincón del cementerio. «Lo hago en los días en lo que no hay entierro, cuando tengo un rato. Procuro que no se pierdan esas lápidas viejas, artesanales, hechas a mano, mucho más trabajadas y estéticas que las actuales, donde se elabora ya todo a máquina. Es más impersonal, más estándar».

Todo comenzó hace un par de décadas, cuando un montón de lápidas antiguas, amontonadas casi a las afueras del cementerio, junto a la carretera, iban a ir directas a la basura. Pedro lo evitó y las fue acumulando en lo que en tiempos fue el gallinero del cementerio, un cuartito al aire libre que ha convertido en una especie de museo a fuerza de acumular estas joyitas escultóricas. «Me pareció una lástima tirar aquello y fui acumulando el material aquí», narra Pedro, que cruza la puerta y entra en lo que hace décadas fue un pequeño huerto lleno de árboles y gallinas.
Adentrarse aquí es una suerte de liturgia alternativa en el cementerio , un viaje en el tiempo.

Pedro enseña la acumulación de todo tipo de lápidas, bellísimas algunas, degradadas otras, pero todas ellas barrocas, perfiladas al detalle y con un plus de diseño. «Esto ya no se hace», explica mientras va pasando lápidas como cromos. Muchas de esas sepulturas fueron recolocadas en huecos de la pared; el resto se clasifican en un amplio trastero.
Hay de todo: motivos ornamentales labrados sobre mármol a mano, epitafios larguísimos y en castellano antiguo y, en suma, losas para tumbas de gente de todo tipo: desde un teniente coronel de infantería del siglo XIX hasta un coronel natural de La Canonja y otro personaje ligado al mundo del mar que en su lápida el escultor plasmó elementos de la navegación. «La mayoría de estas lápidas no tienen firma de su autor, y es una lástima, porque son obras de arte».

Las tumbas más viejas
Búhos, escenas de recreación de la muerte, laureles y otras señas florales nutren las lápidas. Son restos de tumbas viejísimas, tanto como el cementerio, que ya tiene más de 200 años. Una de 1809 es la más vetusta que se puede observar. «A lo mejor algunas han venido desde otros cementerios», comenta Pedro, sepulturero discreto que habla pausado y bajito, y que da rienda suelta a su afición a la historia. 
«El cementerio de una ciudad es un reflejo de su historia. Aquí hay gente importantísima enterrada como Reding o Smith. Guardo estas lápidas con el objetivo de que algún día alguien pueda recuperarlas, analizarlas y reconstruir parte de la historia».

Algunas esconden existencias ilustres, otras muestran vidas detenidas mucho antes de tiempo, personas que murieron a edad temprana. En su mayoría son lápidas gruesísimas y pesadas, poco manejables. «Cuando entré al cementerio algunas se hacían aquí mismo», cuenta. Confía en en que un día el gallinero sea un museo abierto al público; sólo el valor en tanto que objeto artístico merece mucho la pena.

El material que salvar de los escombros es cada día más escaso, porque las lápidas se han uniformizado y han perdido carisma. En sus kilómetros y kilómetros recorridos por las calles del cementerio Pedro ha detectado cuáles pueden valer la pena añadir a la colección, una vez llegue el momento, y siempre con el permiso de la familia. En el extremo del camposanto, en la zona que deberá ampliarse, aún guarda un conjunto de lápidas grosísimas rescatadas de la basura y que, un día u otro, trasladará al gallinero.
Pedro, el enterrador arqueológo, hace feliz su tarea pero con la inquietud de que cuando de aquí a cinco años se jubile nadie seguirá sus pasos. Hasta entonces, continuará completando su museo y, de paso, manteniendo viva la historia de la ciudad.

 

 

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