Actualizado: 10/12/2019
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Visita al cementerio

Visita al cementerio

Vía: AUTOR.: (IN) SOMNIUM Gonzalo Trasbach.

Eran las cuatro de la tarde cuando llegué al atrio de la iglesia. Era el día de Difuntos, primer sábado de noviembre, el mes once. Me preguntaron a qué andaba sobre las lápidas. Respondí que había quedado contigo, madre, a las 17.00 horas. Entonces me informaron que podía visitar vuestras tumbas y nichos, pero que tú no acudirías a la cita que previamente habíamos acordado.

Pregunté por qué. Y me dijeron que había huelga general. ¿De quién?, inquerí.  De todos los muertos. Todos los muertos se han puesto sus ropas gastadas y se han declarado en huelga, respondierónme. Me extrañó tanto… Después me explicaron que, aunque tú habías solicitado un pase para acudir a nuestro encuentro, te había sido imposible cumplir tu deseo porque los piquetes te impidieron el paso. ¿Pero hay sindicatos en el otro lado?, interrogué. Nadie contestó.

Más tarde, desde A Fieteira bajé a la playa de Subquintáns. La marea estaba casi arriba del todo. El mar parecía una alfombra gris, como la tarde. Sobre la arena rememoré aquella lejana mañana en que la alargada sombra de un muerto, de un ahogado que el mar escupió sobre el cantil, cubría toda una profunda bajamar. Aquel mismo día empecé a estudiar la prosa del miedo. Años más adelante, cuando en el cementerio había cenizas, polvo, cráneos en ataúdes de metal, comencé a practicar la retórica del osario.

La deriva de la tarde se deslizaba sobre el agua salada cuando me alcanzó el eco de una voz (¿era la tuya, madre?): «Non chores, meu fillo, xa virán días para as bágoas!». Antes de abandonar la calma que reinaba en aquel lugar, donde habían enmudecido los ruidos del mundo, salvo alguna queja aislada de los carráns, te dije: «¿Sabes, madre? Un amigo me contó que en Serbia, un pequeño país de los Balcanes con muy mala fama, el día de todos los Santos, la gente lleva alimentos y bebidas a sus difuntos. Comen y beben con ellos junto a sus tumbas».

De noche, soñé contigo, madre. Dentro del sueño, soñé que te contaba que, vosotros, mis muertos, todos los muertos, vivís en el reino de lo intemporal, mientras que nosotros los vivos habitamos las tierras exteriores de lo temporal. «Entón, como sendo esto así, podemos falar ti e máis eu?». Solo después de una larga pausa fui capaz de articular una respuesta: «Pienso que hay instantes, breves, pero muy intensos, en los que nosotros podemos experimentar lo intemporal, lo cual se nos revela en contadas ocasiones: en este sueño contigo, por ejemplo, pero también en el éxtasis, en un buen orgasmo, y puede que tal vez en el trance… de la muerte…».

Cuando me desperté al amanecer, con el canto del gallo que en la infancia entró en mi, te vislumbré en las madrugadas de invierno entre el vaho que desprendían los animales a los que alimentabas bajo la pobre luz de un candil, que portaba cuando te acompañaba. Te recordé cavando las tornas de las fincas durante los interminables días de labranza del mes de mayo. Rememoré tu sonrisa al contarme tus aventuras de soltera, en aquellas altas noches de agosto cuando nos quedábamos solos en casa. Escuché tus llamadas para que fuera a cenar cuando me demoraba jugando con los colegas, o cuando me veías caminando sobre los muros de los huertos o al escondernos entre los oscuros y extensos maizales de Os Lombos. Fue mientras me envolvía la cascada de estos recuerdos cuando ese animal que todos llevamos dentro emitió un aullido en forma de oración. LA VOZ

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