Actualizado: 16/08/2019
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El pueblo gallego que celebra una de las procesiones más singulares del mundo: la de los ataúdes

El pueblo gallego que celebra una de las procesiones más singulares del mundo: la de los ataúdes

Vía: Autora: @Lucía Martín

En un pueblo gallego tiene lugar, todos los veranos, una curiosa procesión en la que desfilan ataúdes. Y no van vacíos. De las tradiciones que antes tenían lugar en el hogar y que, con el pasar de los años se han ido perdiendo, está la de velar a los muertos.

Esa costumbre, que sonaba desagradable ya fuera el muerto alguien muy allegado o remotamente conocido, suponía la excusa perfecta para reunir a familia y amigos, que pasaban la noche hablando, recordando, y por supuesto, comiendo. Cualquier acto que se precie en este país tiene que hacerse en torno a la comida y la muerte no podía ser menos: o hay comida o es algo venido a menos.

Hoy se sigue velando, acompañando al muerto en su viaje al más allá, pero la cuestión es más aséptica: ya no se hace en casa, sino en el tanatorio. Uno se quita el muerto, nunca mejor dicho, antes de encima y esos llantos y recuerdos se desarrollan en una atmósfera que no es la nuestra: es más frío, la familia y los amigos vienen un rato, para hacer acto de presencia. Es todo más rápido, algo así como una muerte exprés.

Aún recuerdo una anécdota que mi madre me contó que tuvo lugar siendo ella bien chiquita: sería finales de los años 30 y alguien en el pueblo falleció. Hasta allí se desplazaron la familia, los amigos y los vecinos del difunto en cuanto tuvieron conocimiento de la noticia. Por supuesto, mis abuelos se llevaron a mi madre, porque en esos años no se concebía apartar a los niños de semejante trance. La familia que vela unida, permanece unida y daba igual que al niño le generase terror ver al muerto con color macilento o con una plancha en la barriga (dicen, quienes lo hacían, que para evitar la hinchazón).

El caso es que ya de madrugada, el difunto yacía en la cama de su habitación, y la familia, junto a los invitados, estaba en el comedor, compartiendo dulces típicos de la tierra y café de puchero, bien negro. Para mantenerse despiertos, para ir aguantando las horas.

Los desconsuelos, lloros, gritos y golpes en el pecho más profundos se daban en las primeras horas, estando el muerto aún caliente. Pero era habitual que unas horas después, los allí concentrados pasasen a conversar de cualquier cosa: las tareas agrícolas, los problemas de lindes entre tal y cual paisano, aquella fiesta en la que coincidieron, o que María, la hija de Mariano, se casa en verano… Y en esas estaban todos cuando el difunto apareció por la puerta del comedor, recuerda mi madre.

Y no contento con aparecer, abrió la boca y dijo: “Qué bonito, cafés para todos menos para mí”. Imaginamos que el pobre hombre, que falleció muchos años después y de viejo, no se percató en su paseo nocturno de que iba ataviado con su traje de domingo (porque a la otra vida había que ir guapo, con las mejores galas). Tampoco, de la hora intempestiva de ese café de puchero, ni de lo extraño que resultaba que ese grupo de conocidos y familiares tan nutrido estuviese en el comedor de su casa.

Dice mi madre, (imagínense el shock si aún hoy, más de ochenta años después, sigue con el recuerdo bien vivo) que se quedaron todos perplejos, que se hizo un silencio roto únicamente por algún grito. De puro susto, claro está, no seamos maliciosos pensando que a alguno de los presentes le venía bien, por las razones que fuese, que ese señor se fuese al otro barrio.

Estas cosas ya no podrían suceder hoy en nuestras ciudades occidentales, con nuestros controles médicos y esos tanatorios tan impersonales como asépticos en los que parece que la muerte es un mero trámite y no un viaje en toda regla. Porque la muerte genera ríos de tinta, la muerte bien se merece un velatorio en toda regla e incluso, una procesión, como la que acontece cada 29 de julio en el municipio gallego de As Neves. Allí tiene lugar una procesión de ataúdes. Y van llenos, pero no de muertos sino de personas bien vivas, por mucho que la llamen la romería de los muertos de Santa Marta de Ribarteme.

As Neves ve alterada su tranquilidad a finales de cada mes de julio con la “romería de los muertos”, o la procesión de “cadaleitos”, un desfile de ataúdes con los denominados “ofrecidos” en su interior. Ellos, a hombros de sus familiares y amigos, van desfilando junto a la figura de Santa Marta para solicitar su intervención, para ellos mismos o para un familiar enfermo. Suelen ser personas que, o bien han superado una enfermedad (ellos o alguien cercano), o han sobrevivido a un accidente grave y de esta forma, tumbados en un ataúd y simulando estar muertos, agradecen a la santa seguir en este mundo. Los ataúdes blancos, que suelen ir vacíos, son los de los niños.

Santa Marta es el personaje del Nuevo Testamento que pidió a Jesús que resucitase a su hermano Lázaro, de ahí su vínculo con la muerte y la resurrección. Todos los años, y cada vez con mayor asistencia de público y de medios de comunicación de todas partes del mundo (de hecho, The Guardian calificó esta celebración como la segunda más singular del mundo), la romería de Santa Marta de Ribaterme congrega a fieles y curiosos que se reúnen para celebrar la vida. Cánticos y cirios, feligreses que caminan de rodillas o descalzos, amortajados y sobre todo, muchos visitantes, toman el campo de la iglesia. No cabe un alfiler.

Por supuesto, no faltan los puestos de pulpo, de empanadas y de viandas varias que hacen su particular ‘business’ tras la celebración. Y es que, como decíamos, todo acontecimiento que se precie en España tiene que acompañarse de un buen plato de comida. Y en Galicia, buena comida y tradiciones ancestrales (esta es una de las romerías más antiguas de la zona) no faltan. //  Idealista

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