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Actualizado: 28/05/2022
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La cremación de un fallecido sometido a un tratamiento de radioactividad supone un riesgo no controlado

La cremación de un fallecido sometido a un tratamiento de radioactividad supone un riesgo no controlado

Nadie en un hospital de Arizona (Estados Unidos) sabía que los restos mortales de un fallecido de cáncer de páncreas de 69 años, a quien acaban de cremar, podría afectar tanto a trabajadores como a pacientes de ese centro médico.

Un día antes de su muerte, le habían inyectado un compuesto radioactivo en otro hospital para tratar su tumor, y cuando incineraron sus restos, esta dosis radioactiva y potencialmente peligrosa de lutecio Lu 177 aún estaba dentro de su organismo, según cuenta el portal ScienceAlert.

Cuando meses después, su médico se dio cuenta de que el cuerpo del fallecido había sido incinerado, llamaron rápidamente a la Oficina de Control de Radiación de Arizona y averiguaron que el estado no cuenta con normas vigentes para notificar a los crematorios la posible exposición a la radiación a través de pacientes que habían sido sometidos a procedimientos de medicina nuclear.

La cremación de un paciente expuesto volatiliza los radiofármacos presentes en el cuerpo, que luego pueden ser inhalados por los trabajadores o esparcidos en el área más amplia, lo que genera problemas de exposición.

Dos meses después del tratamiento, los médicos examinaron el crematorio con un detector Geiger-Mueller. Encontraron evidencias de contaminación por radiación en equipos como el horno, el vacío y la trituradora de huesos en una cantidad de 5.000 a 25.000 conteos por minuto, una cantidad pequeña.

Un análisis de orina reveló que no había lutecio en el cuerpo del operador del crematorio. Sin embargo, apareció un isótopo diferente para tratar el cáncer llamado tecnecio. Debido a que estuvo expuesto al tecnecio durante su trabajo.

“Los radiofármacos presentan un desafío de seguridad post mortem único y a menudo pasado por alto”, explican los investigadores de Mayo Clinic en su estudio publicado este martes.

«Cremar a un paciente [fallecido] expuesto volatiliza el radiofármaco, que luego puede ser inhalado por los trabajadores (o liberado en la comunidad adyacente) y resultar en una mayor exposición [a los demás] que desde un paciente vivo», señala el estudio.

El alarmante caso sucedió hace dos años y ha sido revelado esta misma semana tras una nueva investigación, que ilustra los riesgos colaterales que potencialmente representan el promedio de 18,6 millones de procedimientos de medicina nuclear que involucran radiofármacos realizados en los EE.UU. cada año.

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