Actualizado: 20/11/2018
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La arquitectura funeraria en México, tesoro de identidad

La arquitectura funeraria en México, tesoro de identidad

Vía: Autores: Jacquelin Ramos y Javier Vieyra

Dentro de la lista de lugares interesantes que podría visitar cotidianamente, es probable que un mexicano mencione algunos museos, zonas arqueológicas, parques, monumentos, algunas colonias históricas, etc. Escasas personas, casi nadie, se atreverían a decir cementerios.

Estos sitios, congruentemente, tienen un significado pocas veces agradable para quienes los ubican en sus recuerdos; aunque pilares primordiales del simbolismo de la muerte en México, los cementerios son asociados con un momento de pérdida y dolor que no se desean repetir. Sin embargo, son también un espacio dispuesto para demostrar de manera tangible los afectos por el ser querido cuyos restos yacen en el camposanto y a su vez el estatus o importancia que tuvo el mismo en vida. Estos aspectos nada tienen de novedoso, por lo que a lo largo de la historia los últimos descansos han sido fin y medio de portentosas expresiones artísticas de las que nuestro país es privilegiado guardián.

Específicamente, la Ciudad de México preserva entre sus calles baluartes de insuperable belleza dentro del ámbito, sobre todo pertenecientes al siglo XIX: El Panteón Civil de Dolores, el Panteón Español, el Panteón de San Fernando, el Panteón del Tepeyac y el Panteón Francés de la Piedad son los nombres coloquiales de estos lugares que bien podrían ser considerados galerías abiertas de sublimes muestras de arquitectura, escultura y arte funerario en general.

Ethel Herrera Moreno, doctora en arquitectura por la UNAM, ha dedicado más de dos décadas de su vida académica a catalogar y estudiar el patrimonio histórico que guardan los cementerios en México, una pasión que, comenta en exclusiva para Siempre!, nació cuando en el año de 1993, el entonces coordinador de nacional de Monumentos Históricos, Salvador Aceves García, le encomendó la realización del proyecto de declaratoria del Panteón Civil de Dolores, demarcación en que se encuentra la Rotonda de las Personas ilustres.

“Formalmente, el patrimonio que atañe al siglo XX le corresponde al INBA, por lo que yo inicié en el Civil de Dolores una catalogación de todos los monumentos desde el año de 1875, en que fue fundado el cementerio, hasta 1910, excediéndome un poco. Ahí pude darme cuenta del enorme tesoro que representan los panteones en materia artística e histórica”.

Recordar la histórica
Desde ese punto de encuentro con lo que se convertiría en el gran interés de su carrera profesional, la doctora Herrera se ha propuesto desde hace 24 años lograr que la enorme última morada de Chapultepec sea declarada una zona de monumentos históricos, categoría que al día de hoy en México únicamente poseen, en el rango de monumento y no de zona, el Panteón de San Fernando, en la capital del país, y el Panteón de Xalapa de Enríquez en Veracruz. No obstante, la insensibilidad de las autoridades respecto a la arquitectura funeraria ha impedido el cometido, pues zafia y constantemente la misma pregunta salta en el aire: ¿por qué un panteón habría de ser patrimonio histórico?

La investigadora no duda en responder que primordialmente, posean mayor o menor importancia, todos los cementerios son patrimoniales, pues guardan la memoria histórica y popular de determinados lugares: “Son prueba vigente de identidad; un registro del pasado que tiene entrañables vínculos familiares y comunales con la dinámica social actual; lamentablemente el panorama no es muy alentador”, puntualiza Herrera.

“En el Panteón de Dolores casi todos tenemos a un familiar o conocido y, sin embargo, muy pocas personas lo sienten suyo, y lo relegan al olvido y a la indiferencia. Un ejemplo de las pérdidas que hemos tenido al respecto son los panteones vecinales que antaño pertenecían a lo que eran pequeños pueblos, muchos de ellos han sido desplazados o borrados, por lo que solo queda un vacío de lo mucho que podrían decirnos”.

Y es que los cementerios, siempre silenciosos, resultan ser excepcionales testigos y cronistas de múltiples aspectos que se han quedado petrificados en el tiempo, siendo la arquitectura funeraria uno de sus factores más explícitos. En ese sentido Ethel Herrera explica que no es gratuito que dos de las siete maravillas del mundo antigua estuviesen relacionadas con el homenaje mortuorio: el Mausoleo de Halicarnaso y el Taj Mahal.

“Lo único que tenemos seguro en la vida es morir, explica la especialista, y para algunos la muerte puede ser el fin de la vida terrenal y el principio de la vida eterna. La muerte es importante en la vida, por lo que en todas las épocas se ha tratado de perpetuar ese acontecimiento a través de la memoria del fallecido y una de ellas es la creación de hermosas composiciones arquitectónicas”.

Homenaje a la vida
Los bellos mausoleos, lo mismo que las majestuosas tumbas, representan los mejores ejemplos de estos homenajes a la vida del fallecido y el pesar de su ausencia, que sí bien eran una suerte de ofrenda de afecto, amor y respeto por parte de sus seres queridos, también representaba una importante indicio de estatus social y económico como lo deja ver el Panteón Francés de La Piedad, recinto en que descansan algunas de las más prominentes familias de la elite porfiriana y en donde puede notarse, incluso, cierto aire de competitividad en cuento a la fastuosidad de estos palacetes funerarios. Cúpulas, emplomados, fascinantes herrerías y mosaicos hacen de estas últimas residencias una muestra de poderío financiero, lujo y arte que muchos creadores europeos venían a realizar a México.

Pero existen también otros sepulcros que no dejan de competir con los mausoleos en maravillar la vista, pues se encuentran coronados con sendas esculturas, la mayoría de ellas en mármol, que muestran ángeles, bustos, mujeres llorando, o algunos íconos religiosos como cruces de diferentes tipos y hornacinas. Así pues, debido a que estos cementerios corresponden al siglo XIX, es posible ubicar en ellos predominantemente los estilos gótico y art noveau y también a algunos autores esenciales como Ponzanelli, mas Herrera recomienda nunca dejar de observar con detalle cada uno de los conjuntos, pues sus elementos individuales poseen un significado único.

“En la arquitectura funeraria existen muchos simbolismos importantes que pueden encontrarse y a veces pasan desapercibidos. Por ejemplo, es común visualizar flores, hojas o ejemplares vegetales que representan la efímero de la existencia. Las antorchas caídas que portan algunos ángeles representan una vida cegada, al igual que una comuna rota; el reloj de arena con alas encarna al tiempo que vuela, las coronas de laurel personifican el triunfo, los búhos la inteligencia, los perros la amistad, etc. Muchos de estos símbolos eran elegidos por su sentido en homenaje a las personalidades del fallecido, pero algunos otros solo por gusto o por imitación. Aunque en sitios como la Rotonda de las Personas Ilustres es posible encontrar arquitectura funeraria muy congruente con la vida y obra de los personajes, es más común observar en su mayoría icnografía religiosa y de los tipos mencionados”.

Pequeñas ciudades
Haciendo referencia a este singular espacio en que descansan eternamente las mujeres y hombres más destacados de la patria, Ethel Herrera recuerda nuevamente que una gran parte del valor de los cementerios se encuentra en conocer la historia de los que reposan sobre todo si se trata de grandes figuras de la historia, además de que puede estudiárseles proyectándolos como necrópolis, literalmente, es decir, una pequeña ciudad que posee, al igual que su homóloga mayor, avenida principal, glorietas, fuentes, monumentos representativos y puntos de referencia particulares. Paralelamente, Herrera subraya que a diferencia de otras expresiones artísticas, la arquitectura funeraria dentro de los cánones del siglo XIX y principios del XX ha dado ya su punto final, por lo que no habrá en el fututo muestras parecidas a las que hoy resguardan los antiguos panteones capitalinos.

“Este arte tiende, en definitiva, a desaparecer. Existen muchos factores que intervienen, por ejemplo la falta de espacios, la prohibición de la perpetuidad en México desde 1974, los altos costos de realización y mantenimiento y, especialmente, la transformación de las costumbres funerarias, muy asociadas a los dogmas católicos, son los más sobresalientes. Hoy resultan mucho más prácticas y accesibles las incineraciones que las inhumaciones, por lo que la arquitectura funeraria se vuelve mucho más sobria y funcional”.

Precisamente por estas razones, la también restauradora enfatiza lo importante que es rescatar, preservar y difundir este patrimonio que en innumerables ocasiones resulta abandonado por los gobiernos, pero también por los familiares y propietarios de los espacios que son los principales responsables de mantenerlos en optimas condiciones. A este desinterés general se une también la problemática de la corrupción que ha permeado en el hecho de que muchas tumbas y mausoleos se destruyen para vender sus elementos por separado, las lápidas se regraban y el mismo personal de los cementerios daña los monumentos para su beneficio o por mera inconsciencia.

“El reto es seguir difundiendo este tema. Estoy al tanto de que a mucha gente no le gusta visitar los panteones pero para ello publicamos libros y exponemos nuestro trabajo en diferentes medios para lograr el interés y que escuchemos lo que los cementerios pueden contarnos. De igual manera, debemos seguir luchando para lograr las declaratorias de patrimonio histórico para estos sitios y protegerlos de manera correcta. Necesitamos conocer los valores de nuestros panteones: si dejamos que desaparezca, perderemos gran parte de nuestra identidad”.

Enlace: Siempre

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