Actualizado: 19/09/2020
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El antiguo cementerio de San Juan de la Rambla

El antiguo cementerio de San Juan de la Rambla

Vía: Javier Lima Estévez / La Opinión de Tenerife

En 1787, Carlos III abolió la costumbre de enterrar en las iglesias. Tal medida no tuvo una igualdad de repercusión en todos los ámbitos. En San Juan de la Rambla, (provincia de Santa Cruz de Tenerife) como en tantos otros núcleos de las islas y hasta mediados del siglo XIX, se continuaría enterrando en la iglesia.

Concretamente, en octubre de 1850, se iniciaron las obras para la construcción de un cementerio en tal municipio. El espacio fue comprado y cedido por José Oramas Hernández, a través de la intermediación que había hecho su hermano, Basilio Oramas Hernández, párroco por entonces del lugar, pues el primero residía en América. En primer lugar, se constituyó un espacio rectangular amurallado, en el que se incluyó una capilla, así como diversos nichos en el lado norte y una escalera que permitiera el acceso a la terraza en el lado sur, donde estaba la puerta.

El último enterramiento efectuado en tal espacio sería el 20 de mayo de 1851, pues apenas tres semanas más tarde, el 12 de junio de 1851, se realizó el primer enterramiento en el cementerio de una mujer del núcleo de Santa Catalina, María Núñez Álvarez, quien falleció a la edad de 66 años. En los últimos años del siglo XIX y a decisión de diversas familias, se procedió a la creación de diversos panteones, construidos, los mismos, a partir de los materiales que se obtenían de una cantera de piedra próxima.

En 1924, la inspección de sanidad determinó construir un nuevo cementerio, eligiendo como espacio ideal una finca de los Alcaravanes, pero tal medida nunca se llevó a la práctica, y como resultado final se decidió ampliar el existente por la parte del naciente, añadiendo diversos nichos en múltiples lugares del recinto, una medida que continuó en el tiempo, por lo que la saturación de tal recinto derivó en un cierre del mismo y la construcción de un nuevo camposanto que comenzó a funcionar en 1983.

La imagen actual del primer cementerio del lugar es penosa. Un espacio en el que reposan los restos de muchas generaciones de rambleros y de habitantes del cercano núcleo de Santa Catalina no puede ni debe presentar una imagen de tanto abandono. Se trata de un lugar de reposo y descanso eterno que las autoridades competentes nada hacen por adecentar y respetar. Losas sueltas o rotas, paredes sin pintar, nichos en mal estado de conservación, hierba por doquier, suciedad, carencia de vigilancia, etc., ofrecen una imagen penosa de un lugar que poco a poco ha sido abandonado hasta límites incomprensibles.

Un abandono que se traduce en desprecio por el pasado, y lo que es más preocupante aún, por una pasividad de todos aquellos familiares que deberían luchar por respetar, conservar y mantener el camposanto donde reposan sus ancestros. El paso del tiempo va condenando un lugar que debería presentar una imagen totalmente distinta a la que ofrece en la actualidad. La incompetencia de unos y la desidia de otros genera un camposanto abandonado, olvidado y maltratado, en el que, atónitos, asistimos a un olvido consentido por todos ¿Hasta cuando su olvido?

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