Actualizado: 17/09/2019
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El sepulturero que llora cada vez que despide a un niño en el cementerio

El sepulturero que llora cada vez que despide a un niño en el cementerio

Vía: Auto: Lucía Lozano / La Gaceta.ar

Era una mañana de sol radiante. “A las 11 es el primer servicio”, le avisaron a Damián Carabajal. El hombre robusto puso la pala contra el suelo y en pocos minutos ya había cavado un rectángulo casi perfecto. Entonces, se dirigió a buscar el féretro. Y se llevó una gran sorpresa. Estaba abierto. Vacío. Levantó la vista y la imagen lo estremeció. Allí estaba una mamá con su bebé en brazos, desconsolada.

Él se sentó a esperar. Juntó fuerzas y una hora después se acercó y le pidió el pequeño. Ella accedió. Despacio llevó el diminuto ataúd hasta el lugar indicado. Lo introdujo en la fosa. En ese mismo instante la mujer se abalanzó sobre el cajón, lo abrazó y siguió llorando. Al sepulturero se le aflojaron las piernas. Una lágrima rodó por su mejilla. Cuando logró reponerse, tuvo que enfrentarse a quienes insultaban a la joven madre y le decían que ya dejara descansar en paz a su hijo.

Han pasado ocho años de ese episodio. Damián lo recuerda cada día. Todavía se pregunta qué habrá sido de esa mujer. Si habrá superado tanto dolor.

Carabajal dice que está acostumbrado a todo. Pero la tragedia de un niño lo desarma, le desgarra esa tela de amianto que usa en el alma para que las desgracias no lo atraviesen. Tiene 41 años y desde los 10 trabaja en el Cementerio del Norte. Como creció cerca del camposanto y su papá se desempañaba ahí (lo sigue haciendo), empezó vendiendo agua en los sepelios y limpiando lápidas a cambio de unos pesos. Estudió enfermería y se recibió. Pero en 2004, mientras hacía su residencia en el hospital Padilla, le ofrecieron entrar a la planta permanente de la necrópolis. El no dudó porque tenía necesidades económicas y acababa de enterarse de que iba a ser papá.

Primero fue el sereno que recorría cada noche los casi 124.000 metros cuadrados del predio ubicado en avenida Juan B. Justo al 2.000. Luego, lo pusieron a cargo del sector “tierras gratis”, que está en el fondo y que ya pertenece a lo que el municipio capitalino denomina cementerio Jardín. En ese lugar, cualquier persona de escasos recursos puede enterrar sin costo a sus deudos por el período de dos años.

A diario se realizan unas cinco sepulturas en esa área. Carabajal es el enterrador o sepultero. Un oficio ingrato que nadie quiere hacer. Un trabajo rodeado de mitos y de morbo. Sin embargo, él dice que es un buen empleo.

“Uno se habitúa. Claro que, a la larga, te das cuenta que te influye en la personalidad. Te volvés más duro ante ciertas cosas. A veces, vas a un velorio y no sentís nada. La muerte, en general, no me afecta. Es como que estás inmunizado ante ciertas cosas. Aunque hay momentos o personas que te quedan grabadas para siempre”, explica.

Se le viene a la memoria el día que le tocó enterrar a un joven motociclista que había sufrido un accidente. En un momento ingresó un auto, bajaron dos hermanitos con uniforme escolar y se tiraron sobre el cajón a llorar. “Era su papá al que estaban despidiendo”, cuenta Damián. Hace una pausa. Traga saliva. Confiesa que ese día se apartó del lugar y lloró como un niño pensando en sus dos hijos.

Sus experiencias más intensas están en lo que llama el sector “angelitos”. Junto a la pared final del camposanto, pegadas unas a otras, están las parcelas que guardan los restos de quienes tuvieron un muy breve paso por esta vida. Cuando camina por ahí, Carabajal contiene el aliento.

“Para trabajar aquí tenés que tener la cabeza en su sitio. Ves tanto sufrimiento… Hasta te convertís en psicólogo de la gente. Inevitablemente comienzas a valorar más la vida”, evalúa.

Procura llegar cada día a su casa con una sonrisa. Ahí lo esperan Romina, su señora, y Mateo y Martina, sus hijos. Admite que tiene pesadillas de noche y que a veces la mente le juega malas pasadas y se deja sugestionar por algún ruido. “Nunca me encontré con ningún fantasma. Sí he visto cosas raras, perros ladrando o llorando frente a algún mausoleo. Se oye, a veces, un llanto de bebé”, describe.

Mientras dura la entrevista Carabajal no se queda quieto. Barre el piso de tierra, luego acomoda las flores que dejaron en una tumba de una nena de seis años (“siempre lloro con los niños”, confiesa) y finalmente se dispone a hacer su primera fosa del día: es para sepultar el cuerpo de un NN; al parecer, un indigente que murió de frío en la calle y cuyo cuerpo nadie reclamó.

Mientras cava, ayudado por su sobrino José Luis Aranda, cuenta que su trabajo no es solo enterrar. También tiene la tarea de desenterrar. “Para que unos entren, otros tienen que salir”, simplifica. Las parcelas se ofrecen gratis por dos años. Cumplido ese tiempo, si nadie pasa a buscar los restos para trasladarlo a otra necrópolis, él debe sacarlos, ponerlos en una bolsa y llevarlos a la fosa común.

En una especie de carreta traslada el féretro del indigente que está por enterrar. “El cementerio es mi segunda casa”, sostiene. El paso del tiempo y a veces un toque de humor morigeran una rutina que suele también estar cargada de violencia. “

Muchas veces te tironean la ropa o te tiran la bronca, te gritan que no lo bajen a la fosa a su ser querido. Yo soy muy respetuoso y voy siempre con la palabra”, dice.

Así llueve o truene, haga mucho calor o un frío insoportable, Damián tiene que estar ahí, listo para poner la pala a trabajar, para largar la soga con un ataúd y ver llorar a la gente. ¿Puede haber un trabajo más ingrato?, se pregunta. Pero alguien tiene que hacerlo.

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