Actualizado: 23/10/2019
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¿Qué sucede con el alma cuando un cadáver es cremado?

¿Qué sucede con el alma cuando un cadáver es cremado?

Vía: Por: Daniel Beyllis / Crónica.com

Por distintas razones, que van desde una falla irreversible de algún órgano, por longevidad, debido a algún mal incurable o a diferentes tipos de accidentes fatales, la muerte marca el fin de una vida. Aunque se deben considerar también que se pierden muchísimas vidas en una guerra o de muchas otras formas. Se estima que en la actualidad fallecen aproximadamente unas 50 millones de personas por año en todo el mundo. Una cifra que puede parecer alta, pero que está en desventaja con los más de 135 millones de nacimientos al año, en cifras estimadas por organismos internacionales de 2018.

Y así como hay muchas maneras de morir, a partir de ese momento del que absolutamente nadie puede certificar en un todo cómo es, y que muy pocos planean o desean, mientras el alma dicen que se eleva, las familias de los que ya no están empiezan a buscar el método a emplear para el “adiós definitivo” y qué hacer con ese cuerpo en descomposición. Porque hay prácticas y ritos que muchas religiones imponen, o están aquellos otros que piden especificaciones sobre qué desean que se haga con sus cuerpos inertes.

Los pasos a seguir son muy variados y los cementerios de las distintas creencias siguen siendo una de las elecciones más escogidas. Pero entre esas otras prácticas, en los últimos años la cremación ha aumentado enormemente la cantidad de casos. ¿Y entonces qué pasa con el alma de ese ser que pereció? ¿Es acaso mejor que terminar bajo tierra?

El fuego…
Aunque no es tan habitual como el entierro. La cremación ya había sido utilizada en el Neolítico, y también se observó como una práctica bárbara en el Antiguo Oriente Próximo, en tiempos de plagas. En cambio, los babilonios embalsamaban a sus muertos y los persas zoroástricos castigaban con pena capital a todo aquel que intentaba la cremación. En Europa las primeras cremaciones se registraron 2000 años a. C. En tanto, el hinduismo en sus orígenes iba más allá: no solamente permitía la cremación sino que, además, lo prescribía. En la India se la considera desde entonces como la etapa formativa de la civilización védica.

En cambio, tanto en Grecia como en la Roma Antigua nunca permitieron la quema de sus muertos. E influenciada por el judaísmo (que la prohíbe), el cristianismo reprobó la cremación. Por eso, luego del siglo V d.C. había desaparecido de Europa y solamente se utilizaba al castigo de herejes o como una penalidad póstuma. Ante esas consideraciones, es presumible pensar que esos pueblos creían que después de la muerte, también existía un castigo más. Ya en el siglo pasado, en la Segunda Guerra Mundial los nazis cremaban a sus víctimas en cámaras de gas de los campos de concentración para hacer desaparecer cualquier vestigio. Y tras esa conflagración, se siguió utilizando como forma de castigo.

En Japón también se cremaron los cuerpos de los criminales de guerra ejecutados. Sin embargo, ya desde hace unos años y en la práctica, en especial en el llamado mundo occidental, la cremación ha dejado de ser una cuestión que provocara implicancias en la vida de los deudos, que buscaron en ese método el rechazo al entierro de los cadáveres de sus deudos. Incluso, conforme ha avanzado esta práctica, cada día más personas vivas solicitan ser cremados, a diferencia de quienes eligen ser enterrados. ¿Y el alma de esas personas?

Gana adeptos
Existen muchas formas y métodos de despedir a los difuntos, pero a diferencia del entierro, que es poner el cuerpo inerte en una caja o cajón de madera o material biodegradable, para después enterrarlo o sepultarlo en cementerio o sitio sagrado, la cremación dejará escasísimos rastros, dado que es un proceso irreversible al someter al cuerpo a altas temperaturas para reducir sus elementos básicos.

En ese contexto, y a pesar de creencias y mitos, en las cenizas no se hallan fragmentos y restos de huesos durante la cremación. Y esos fragmentos de huesos se pulverizan para obtener una forma polvorienta, que se hace en un crematorio, en un proceso no menos a las tres horas. Siendo que ese ser ya fallecido es reducido a cenizas en su impávida parte visible, vuelve a surgir la pregunta. ¡El alma también se incinera?

En realidad no hay uniformidad de criterios. Son varias las religiones que defienden la existencia de ese espíritu superior que, asistido por la cremación, se eleva a un nivel superlativo. Muy contrapuesto a quienes aseguran que temen o creen que el proceso de la cremación evitará que el alma sea capaz de continuar hacia su elevación en su camino hacia el más allá. Incluso, algunos afirman que esas almas pueden ser irreversiblemente dañadas con la hoguera del fuego.

¿Qué dicen los entendidos?
Algunos estudiosos en la materia disipan muchas de las ideas que van en contra de la cremación, y fundan sus consideraciones en una serie de visiones concordantes en muchas de las religiones y otras creencias. Afirman que el alma abandona al cuerpo al mismo momento en que la persona fallece. Ese es el momento de la elevación o salida del espíritu, provocado por la muerte del cuerpo. Y reafirman que ese alma obviamente no es tangible, físico o material, y por eso ya no está en ese cuerpo que se pondrá en contacto con el fuego, como elemento material que sólo puede actuar sobre la materia y la sustancia que pertenezca al plano material (léase el cuerpo inerte).

Así afirman que el proceso de la cremación no molesta, ni daña ni afecta negativamente a ninguna parte del ser que no sea el cuerpo físico, que ya ha muerto mucho antes de la cremación. Por eso mismo, y porque quienes han elegido la forma de que se trate su cuerpo una vez que fallezcan se relaciona a la poca familia que les queda, o simplemente para no complicarles la vida a los deudos, eligen la incineración que, para los especialistas en necrologías y tanatomías, es la mejor elección, incluso porque ofrece beneficios espirituales.

La dispersión ¿A qué se refieren?
Es que consideran que con el fuego en acción el cuerpo astral se disuelve muy rápidamente. Los resultados de la cremación en el alma del difunto se liberan en gran medida de cualquier atracción restante que puedan tener hacia la Tierra y las cuestiones del plano físico, que de otra manera podrían obstaculizar la primera parte del proceso posterior a la muerte. Asimismo, tras la cremación los especialistas agregan que esos restos cremados pueden ser desechados en un sinfin de formas como dispersándolos por los aires, en la tierra, enterrándolos en un jardín, o tirando los restos al lecho de un río o mar (esta última modalidad es la más elegida en los últimos tiempos).

Lo que no aconsejan es guardar las cenizas del difunto en una urna o recipiente y guardarlos en su propia casa, a partir de la mirada espiritual. Hay muchos que creen que el agua es un elemento clave de limpieza permanente: al esparcir las cenizas en agua también sirve como la ruta más rápida hacia el más allá.

Siempre desde lo espiritual, algunos expertos sugieren que es necesario aguardar de tres a cinco días tras el fallecimiento de un ser, antes de incinerar el cuerpo, porque de esa manera el alma asume su nuevo estado y deja a un lado todos los traumas y pensamientos encontrados que les han afectado mientras estaban vivos.

La muerte, un tema para esquivar
Fallecer es probablemente la cuestión menos comprendida por estos tiempos y con el pensamiento actual. La mayoría abrumadora esquiva hablar abiertamente del tema, debido a que provoca incertidumbre, miedo y preocupación. Empero, existe un importante número de hombres y mujeres que sostienen que cuando un ser querido fallece no está muerto, sino que pasan a vivir en otros sitios, quizás en otros cuerpos y en diferentes condiciones (como planta o animal…).

Hay muchos estudios que apoyan la teoría de que la vida después de la muerte sí existe, pero el físico y cosmólogo Sean Carroll reafirma su tesis de que resulta imposible la existencia de cualquier cosa tras la muerte de un ser humano. Sostiene su idea en que “conocemos por completo las leyes de la física que subyacen a la vida cotidiana”, y todo tiene que ocurrir en esos márgenes. Además, dice que para que hubiera algo después de la muerte, la conciencia tendría que estar completamente separada de nuestro cuerpo físico. ¿Y cuál es entonces el destino de esa conciencia?

Carroll afirma que los médicos declaran el fallecimiento de un paciente cuando deja de respirar, cesan los latidos de su corazón y no se detectan ondas cerebrales durante varios segundos. La lógica ciencia, acompañada del sentido comín, aclara que una vez que el órgano falla, la sangre ya no circula al cerebro y, por lo tanto, los monitores no pueden detectar actividad alguna. Empero, la conciencia es una serie de átomos y electrones que cada ser recibe de su mente. Y es ahí donde Carroll pregona que las leyes del universo no permiten que estas partículas funcionen después de la muerte física. Y agrega: “Todo debe suceder en esos márgenes, y no hay manera, en esas leyes, de permitir que la información almacenada en el cerebro persista después de que muera”.

Sin embargo, podría refutarse esa opinión con el sólo hecho de explicitar que las leyes conocidas por el hombre son solamente esas. Porque no se comprenden otras. Como no se entienden los movimientos de los OVNIS cuando son visualizados. ¿Acaso esos desplazamientos que rompen con toda la lógica terrestre, pueden ser destrozadas si las leyes se vulneran con otras desconocidas? La pregunta queda planteada. //  Crónica

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