Actualizado: 25/06/2019
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Ya me he muerto

Ya me he muerto

Vía: Autor: Javier Lana

Vaya, ya me he muerto! Y yo sin enterarme casi. Cuando más a gusto estaba. Cuando ya había cubierto mis deudas y cancelado mis hipotecas, pagado religiosamente también las carreras de mis hijos, que a tanto sacrificio obliga.

Cuando empezaba a programar mis viajes del Imserso… No sé ni cómo fue. Puede que infarto, aunque nada de enfermedad ni larga ni rara. Si es que ayer estaba pajareando por ahí como si nada. Por la mañanita temprano un buen paseo, y luego a la piscina, y al mediodía esa vuelta necesaria y hasta obligada del chiquiteo. Esa vuelta donde entre vaso y vaso ponemos a todo el mundo tripa arriba y aunque, si bien no acabamos de estar de acuerdo siempre, dejamos algún capítulo suelto para abordarlo al día siguiente.

En fin, que no me esperaba esto ni por el forro. Bien que me la ha jugado el de la guadaña. Y sí que es verdad que siempre he deseado que si era de morirse, que fuera rápidico, nada de sufrir, ni para mí ni para mi gente, pero ¡joe! así tan de repente, cuando aún me quedaban tantas cosas por hacer… Pues eso, que aquí estoy en este tanatorio, bien peinado y bien de guapo. Con un traje al que los pantalones le quedan un poco largos, aunque poco importa, porque es que ya no estoy para ir a ningún lado como no sea para el cielo. ¡Ay carajo! que no sé si estaré en esa lista de los que van para arriba o me tocará un poco más abajo, a echar leña a los fogones con Pedro Botero. Aquí estoy metido en esta caja sobre una especie de terciopelo rojo y blanco que yo no he elegido.

En éste, parece frigorífico, aunque no me espanta el frío. Oigo, o pienso que oigo, claro, a la gente más allá del ventanal. Parece que el número de visitantes es abultado. No sé si vienen a asegurar si es verdad que estoy ya navegando hacia otra constelación o es pura invención y cotilleo. De vez en cuando entra gente suelta. Y es curioso que, aunque mis ojos no puedan ver, lo veo todo. Esto es como una procesión pero de momento sin curas, monaguillos y sin cirios. Primero llegaron los amigos. Entraron todos de golpe, nadie quería verme a solas. No sé si será ese temor que produce ver la muerte tan de cerca. Aprecio, porque el ambiente enseguida se nota enrarecido, que estos han quedado antes para cumplir con esa devota tradición del chiquiteo. Aunque hoy habrán metido la pata y sin querer, habrán pedido las consumiciones de costumbre.

Al principio apenas hablarán, pero basta que el Tino arranque, para que no logre entender nada. Y es que creo que no saben cómo despedirse. Y hasta pienso que por la cosa de la euforia de los tintos, hasta parece como si quisieran subirme a hombros para darme una vuelta por los bares para echar esa “última estocada”. Y mira qué manera de llorar, que hasta las lágrimas parecen vino, de ese oscuro y cosechero. Ya se han ido. ¡Válgame Dios! ¡Qué cacho pelmas! Ahora tengo enfrente aquella chica, bueno chica. Aquella moza que me gustó tanto. No pude estar más enamorado. Pero qué guapa está, bien vestida y con ese olor a no sé qué… que no sé cómo no me provoca una repentina resurrección por lo intenso y lo divino.

Ha mirado de reojo hacia los lados y, si pensó poner sus labios sobre los míos, al final han sido sus largos y hermosos dedos los que han posado sus besos en mi boca. ¡Por todos los santos! Pero mira que morirme y ese estar aquí tan quieto, incapaz de decir nada. Ha venido él… y es que no puedo ni entenderlo. El, que me hizo la vida hasta imposible, que ninguneo mi imagen y mis cosas, que jugó con mi desdicha y escribió un recital de falsedades. Ha venido el hipócrita, el sinvergüenza, el mal nacido Y yo aquí sin poder empujar mis puños a su jeta. Sin poder decir siquiera una palabra. Lo escuché un instante antes, dando el pésame a diestro y siniestro. La cosa es que se note. Ha venido, sí, y se ha acercado atrevido hasta mi oído para decirme a lo callado: “¡Que te jodas!”. Ya se ha ido. Mejor así. Pero qué mal cuerpo me ha dejado ¡señor! de tanta rabia… Llegarán más tarde más amigos y enemigos, parientes cercanos y lejanos. Habrá algunos que me quieran y otros a la espera, a ver si les toca algo de mi herencia tan justa y tan dispersa. Se han de joder que ya está todo bien atado. Habrá misa con no sé cuántos curas, aunque ya no fueran las iglesias para mi lugar de uso acostumbrado.

Me subirán en ese coche oscuro de tintados ventanales, seguido de una fila interminable de amigos y parientes. Tal vez me cante un coro o hasta puede que suene el aire de un txistu o una gaita. Puede incluso que el cura hable de lo bueno y lo cristiano que yo fui y puede que hasta el primo Venancio me recite un verso. Puede que el incienso en ese balanceo me recoja cuando pase y me eleve en el aire, y para cuando la caja de madera se junte con la tierra ya no esté, porque ya me habré ido. No deseo ocupar un espacio en la sepultura ni quiero que el cantero esculpe en la lápida mi nombre. D. Navarra

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