Actualizado: 10/12/2018
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El cementerio se busca la ruina

El cementerio se busca la ruina

Vía: Autor: Daniel J. Ollero

Tumbas rotas, barracones de nichos derruidos por el paso del tiempo y apuntalados con troncos y ferralla para evitar su derrumbe, boquetes en el suelo, escaleras imposibles, robos casi a diario, una plantilla que merma año tras año y una actividad cada vez menor de los enterramientos, con la consiguiente reducción de los ingresos, sumado todo ello a la crisis económica, conforman los ingredientes de un cóctel que ha sumido en una espiral de degradación de difícil salida al cementerio de Nuestra Señora de la Almudena de Madrid.

El estado de abandono al que se ve sometido este camposanto, que alberga aproximadamente cinco millones de tumbas, una cantidad mayor que el número de habitantes de la capital, resulta evidente a simple vista tanto en la parte antigua como en su ampliación. El paisaje está salpicado de vallas, verjas, lápidas partidas, socavones y vigas de madera y hierro que se emplean para sostener los propios muros del recinto y los nichos en un intento por evitar que se produzcan situaciones trágicas como el derrumbamiento de 2010 tras una noche de lluvia que dejó los ataúdes tirados por el suelo y amontonados entre los escombros. Un elemento, los escombros, que es otro de los principales protagonistas de este decadente paisaje donde, en lugar de retirarse y reparar las estructuras de las que proceden, se dejan tirados por el suelo y, con suerte, se delimitan con una malla o una verja para evitar que alguien pueda pisarlos.

«Hace años se iban rehabilitando algunas zonas e incluso se asfaltaba el suelo. Ahora, con la crisis, salvo casos muy urgentes, está todo completamente parado porque no hay dinero», comentan a El Mundo sus trabajadores. Un paro que da lugar a esta situación de abandono que se produce por una mezcla de burocracia, problemas económicos y falta de personal.

«Por ejemplo, no se puede tocar nada relacionado con las tumbas sin una orden judicial porque se trata de una propiedad privada que, aunque esté en mal estado, nosotros no podemos actuar porque es cosa de las familias y, a menudo, no son fáciles de encontrar porque las concesiones son muy largas y muchas veces ya no queda nadie vivo, están ilocalizables o, simplemente, se desentienden», explican. «Nosotros damos el aviso cuando vemos algo mal e intentamos solucionarlo en la medida de nuestras posibilidades, pero tampoco podemos hacer gran cosa por porque cada día somos menos», añaden.

El cementerio de La Almudena ha visto mermada su plantilla año tras año sin que se produzcan nuevas incorporaciones. «Hemos pasado de trabajar aquí unas 250 personas a ser sólo 80», comentan los empleados. «Desde hace años, cuando alguien se jubila o sufre un accidente laboral, algo bastante usual porque trabajamos moviendo grandes pesos a mano, no viene nadie a ocupar ese puesto», señalan.

La carestía de personal resulta mucho más evidente por las noches ya que, una vez que el recinto echa el cierre, sólo permanece en su interior un único empleado para vigilar una superficie de 1.200.000 metros cuadrados. Un factor que facilita considerablemente la labor de bandas de ladrones que saltan la tapia durante la noche para robar.

«Suelen dejar el interior de las tumbas en paz. Para ellos lo más codiciado son las vírgenes de latón porque es por lo que les dan más dinero aunque arramblan con cualquier cosa», explica un trabajador. Legalmente, saquear una tumba supone un delito grave pero la sustracción de ornamentos a menudo se trata tan sólo una falta. Una tendencia, que al igual que ocurre con las sustracciones de cobre, se ha visto agravada con la crisis.

«Desde que comenzó la crisis hemos notado un aumento de esta actividad. Prácticamente lo hacen a diario y aunque tanto las autoridades como nosotros sabemos a lo que se dedican y quiénes son, no se puede hacer nada y vuelven una y otra vez», señala. Una dinámica que, incluso, ha llegado a provocar situaciones violentas entre los trabajadores y estos delincuentes en forma de encontronazos verbales. «Cuando les pillamos con las manos en la masa y les decimos que se marchen a veces se ponen violentos y se encaran con nosotros», explica.

Lejos de solucionarse el problema de los robos, la situación empeora y se repite día tras día. «A pesar de las cámaras que hay instaladas, este lugar resulta muy difícil de vigilar porque prácticamente es un laberinto y ellos se lo conocen muy bien», comenta un empleado. «Cuando damos aviso a las autoridades, les resulta muy fácil despistarles escabulléndose y escondiéndose en la maraña de lápidas y calles», señala otro compañero.

Una problemática a la que se suma un descenso de la actividad tradicional de un cementerio, celebrar enterramientos. El cambio cultural y la situación económica han propiciado que cada vez se celebren menos entierros y se produzcan más incineraciones, que resultan significativamente más baratas y ágiles.

«Se ha perdido la costumbre de enterrar y las generaciones más jóvenes optan cada vez más por la incineración. Hace años trabajábamos sin descanso durante todo el día y ahora tenemos un volumen laboral mucho menor», explica un empleado. De hecho, según los datos que maneja la propia Empresa Municipal de Servicios Funerarios, el número de enterramientos ha sufrido una merma superior al 50% en la última década. Un hecho que provoca un desajuste entre la oferta y la demanda que agranda la ruina de este cementerio.

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