Actualizado: 27/01/2021
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Los secretos del cementerio británico de Madrid y otras tumbas

Los secretos del cementerio británico de Madrid y otras tumbas

Vía: Autor: Alberto G. Palomo / Zoomnews

Ha sobrevivido dos guerras mundiales y una civil, pero su mayor enemigo es el olvido. Para evitarlo está David J. Butler. Bajo este nombre de novela se esconde un jubilado inglés que da musicalidad a uno de los espacios más silenciosos del barrio de Carabanchel, en Madrid. Se trata del cementerio británico. Y este octogenario nacido en Newcastle es su guía. Gracias a sus cuarenta años de residencia en nuestro país y a sus investigaciones, este camposanto fundado en 1854 retoma hasta dos veces a la semana el aura cinematográfica que envuelve cada lápida.

Un recorrido que atraviesa el periplo vital de personalidades como la familia Loewe, la del fundador del restaurante Lhardy o la de los banqueros Bauer. También la de Arthur Byne, un supuesto arquitecto condecorado por la Hispanic Society de Estados Unidos que en realidad fue traficante de arte para William Randolph Hearst, magnate de prensa retratado por Orson Welles en la película Ciudadano Kane.

Adentrarse en sus aventuras es hacerlo también en las de una metrópoli como Madrid y sus ilustres muertos. Lo son los que reposan en el cementerio de La Almudena -el más grande de la ciudad- o en los de San Isidro y San Justo. En estos tres se pueden reconocer las tumbas de casi todos los representantes políticos del pasado siglo o de una gran gama de intelectuales.

A cada uno lo suyo

Vayamos por partes. Conviene no mezclar muertos como si de una fosa común se tratase. Cada uno tiene su origen y a cada uno le toca un protagonismo distinto. La Almudena, habilitado por clamor popular en 1884 e inaugurado oficialmente en 1925, presume de contar entre sus inquilinos al expresidentes y exministros de la II República como Niceto Alcalá Zamora o Francisco Largo Caballero. A la dirigente comunista Dolores Ibarruri, la ‘pasionaria’, a los escritores Benito Pérez Galdós o Pío Baroja y al premio Nobel de Medicina Santiago Ramón y Cajal. También al ‘viejo profesor’ Enrique Tierno Galván, al exlíder del grupo Los Secretos, Enrique Urquijo, o a El Fary (uno de los más visitados, por cierto). Así hasta más de 60.000 inquilinos.

Número muy superior al de San Justo. Este ‘hermano pequeño’ del cementerio de San Isidro contiene, entre otros atractivos, un panteón especial. Es el construido por la Asociación de Artistas y Escritores en 1902 para guardar los restos de autores como José Espronceda, Mariano José de Larra o Ramón Gómez de la Serna y cuya última moradora ha sido la actriz y cantante Sara Montiel.

Enfrente, cruzando el parque de San Isidro, volvemos al cementerio británico, un pequeño jardín rodeado por casas bajas que se creó por la comunidad inglesa residente en Madrid para enterrar a los cristianos no católicos. Ahora hay protestantes, judíos, ortodoxos, católicos y “hasta no creyentes”.

“¿Dónde iban si no a caerse muertos, literalmente?”, inquiere David J. Butler entre las risas de un grupo de unas 20 personas que atiende a sus explicaciones. Lo que fue el lecho de unas 150 familias atraídas a la capital durante el periodo de industrialización de mediados de siglo XIX se ha convertido en una cuidada necrópolis de 650 tumbas. Tres de ellas incorporadas en lo que va de año.

Una necrópolis muy british

El cementerio británico tuvo un auge inicial cuando diplomáticos, embajadores y gente de negocios que vivía en Madrid elegía esta ciudad como última morada. Luego tuvo un declive importante debido a la diáspora de la guerra civil, la escasa movilidad en la Segunda Guerra Mundial y la prácticamente ausencia de extranjeros durante la dictadura. A partir de los años 70, la afluencia se recobró (aupada, en parte, por la industria del cine, que elegía nuestra geografía como plató) y el cementerio recobró su pulso (si es posible utilizar una expresión así para hablar de un lugar que acoge cuerpos sin vida).

“Hubo un momento en que cayó en el abandono: llegó a ser una jungla amazónica”, recuerda el responsable del tour. En los años del régimen franquista, la población inglesa se mezcló con otras nacionalidades que llegaban a este rincón a falta de otras opciones: en España los cementerios eran católicos y no dejaban a los familiares enterrarlos en el cementerio civil. En la actualidad, sin embargo, algunos municipios como Minas de Riotinto, en Huelva, y sobre todo en la costa, albergan sacramentales para ciudadanos británicos. También los hay repartidos por Europa. “Solo en Venecia hay más de veinte”, señala Butler.

La primera parada que hace este antiguo profesor de academia es frente a la tumba de Albert Heldon, un pintor californiano que murió en 1957 en un accidente de tráfico y que formó parte de los Monuments Men, una comisión del ejército aliado encargada de proteger y recuperar el patrimonio artístico. Algo que también ha sido llevado a la gran pantalla. Esta vez por George Clooney hace apenas un año.

De esta pequeña  lápida al mausoleo de la familia de banqueros Bauer, levantado por el arquitecto del Panteón de los Ilustres o de La Casa Encendida, Fernando Arbós y Tremanti. “Eran amables, espléndidos y muy gastadores”, resume Butler. Después pasa por la de Ernest Loewe, quien logró escapar del cerco de Berlín y de la llamada Noche de las Cabezas Cortadas, cruzó la Francia ocupada y se refugió en Madrid con un botín de joyas y un pasaje a República Dominicana, donde soñaba con un plácido futuro. Antes de volar fue robado y asesinado en su cama. Nada que ver con la familia de apellido similar dedicada a la moda de lujo, también enterrada aquí. O a la de Emilio Huguenin Lhardy, encargado de crear un restaurante “femenino, donde las mujeres podían reunirse sin sus maridos” que se ha convertido en un símbolo de la sofisticación.

No será por apellidos célebres. En la ruta por este cementerio también desfilan Margaret Taylor, más conocida por su salón de té Embassy, la familia Tertsch, resguardada en una pirámide masónica, o los Parish, creadores del circo Price, entre muchos otros.

Todos comenzaron a reunirse en torno a una lápida con una cruz en forma de espada. Trata de emular la Excalibur del rey Arturo, nombre del joven enterrado aquí con 19 años. A partir de este homenaje póstumo se ha ido diseñando una necrópolis que batalla contra el olvido y que sobrevive gracias a las donaciones de dos grandes compañías, sin desvelar. Y al ímpetu de David J. Butler, que renueva mensualmente su abono de autobús para trasladarse al lugar y revelar cómo algunas historias como la del mítico Ciudadano Kane están a la vuelta de la esquina.

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