En un escenario que parece sacado de una novela de crímenes, los cementerios de la península ibérica han sido blanco de una ola de robos sin precedentes. Errenteria, en el País Vasco, es el último en sumarse a esta lista de lugares profanados, donde ladrones sin escrúpulos han sustraído cruces, imágenes religiosas e incluso marcos de fotos de 186 tumbas. Estos robos no solo son un ataque a la memoria de los fallecidos sino también un lucrativo negocio de venta de metales.
Este tipo de saqueo no es nuevo. En junio de 2024, Toledo fue testigo de un expolio masivo de crucifijos, con una tonelada de metal robada de diversos cementerios. La Guardia Civil actuó con rapidez, deteniendo a los autores en Madrid, quienes tenían en su poder herramientas especializadas para triturar metales. En Cantabria, el año pasado, una serie de robos similares se prolongaron durante meses, afectando a veinte pueblos y resultando en la sustracción de 800 kilos de piezas ornamentales.
Ahora, Euskadi se encuentra en el radar de estos delincuentes. La policía ha alertado sobre el peligro de que otros cementerios, como el de Polloe, puedan ser los siguientes objetivos. El cementerio de Polloe, con sus mausoleos centenarios, podría sufrir daños irreparables si es atacado. Los robos de este tipo son más que una simple cuestión de seguridad, afectan profundamente al patrimonio cultural y emocional de las comunidades.
El modus operandi de los ladrones es simple pero efectivo: usan herramientas contundentes para arrancar piezas de metal, causando daños significativos en el proceso. Las empresas de seguridad ya están trabajando en nuevas estrategias y tecnologías para prevenir estos ataques, desde cámaras especializadas hasta sistemas de alarma más sofisticados.
La situación refleja un cambio en la percepción de los cementerios, que han pasado de ser lugares de respeto y silencio a convertirse en objetivos de vandalismo nocturno. Las comunidades, junto con las fuerzas de seguridad, enfrentan el desafío de proteger estos espacios sagrados, buscando un equilibrio entre la preservación del patrimonio y la implementación de medidas de seguridad efectivas.
En este nuevo contexto, la vigilancia y la conciencia comunitaria se han vuelto esenciales. Las autoridades locales están llamadas a actuar con diligencia, no solo para prevenir futuros robos, sino para garantizar que los cementerios sigan siendo lugares de paz y respeto.



