En el corazón del Museo Arqueológico de Elda, un fragmento de historia ha emergido para contar su relato. Se trata de una esfinge funeraria romana, una joya del arte que, aunque fragmentada, ha logrado resurgir entre las sombras del tiempo. Este descubrimiento guarda una historia que se remonta al siglo I, cuando la escultura fue tallada con maestría en caliza beige en un taller de la colonia romana de Ilici Augusta, conocida hoy como Elche.
La pieza, que ahora descansa en la segunda planta del museo, fue inicialmente desenterrada a principios de los años 2000 durante una excavación en el yacimiento arqueológico del Monastil. Sin embargo, su verdadero significado permaneció oculto hasta que el director de la excavación, Antonio Poveda, junto con Ferrán Arasa i Gil, un experto en escultura romana, realizaron un exhaustivo análisis tipológico el año pasado.
Curiosamente, esta esfinge había sido relegada a un papel secundario durante siglos, sirviendo como material de relleno en una muralla construida entre los siglos V y VI. No fue hasta que una escalinata de tres peldaños, hecha con piezas reutilizadas, se desmoronó bajo el peso de las lluvias, que la esfinge pudo ser redescubierta.
El proceso de limpieza y consolidación de la pieza, que mide 31 centímetros de altura, 55 de ancho y 25 de grosor, reveló la belleza y la importancia de lo que sería un tercio de su tamaño original. La posición vertical de las patas delanteras de la figura alada fue una de las pistas clave que permitió su identificación.
Este hallazgo no solo enriquece la colección del Museo Arqueológico de Elda, sino que también agrega una nueva dimensión a nuestra comprensión del legado romano en la región. La historia de la esfinge es un testimonio de la perenne capacidad del pasado de sorprendernos y fascinarnos, un recordatorio de que cada pieza de artefacto tiene una historia que contar, esperando pacientemente por alguien que la descubra.



