En la sala de la Audiencia Provincial de Valladolid, una sensación de asombro y gravedad se cierne sobre el recinto. El motivo es el llamado ‘caso ataúdes’, un juicio que destapa uno de los escándalos más impactantes en el mundo de los servicios funerarios: el fraude del grupo funerario El Salvador. Entre los años 2001 y 2014, la empresa presentó un inquietante descuadre de 4.500 féretros entre los servicios funerarios prestados y las unidades compradas a sus proveedores. Durante la sesión de hoy, dos funcionarios del Servicio de Vigilancia Aduanera han confirmado la existencia de esta discrepancia, desvelando una contabilidad ficticia que incluía facturas de ataúdes nunca comprados y documentos manipulados con notas adhesivas que decían “solo pago del IVA”.
La profundidad de la investigación ha sacado a la luz irregularidades graves. Modelos tributarios, movimientos bancarios y archivos incautados revelan facturas emitidas a nombre de personas fallecidas o con documentos de identidad inexistentes. Además, se descubrió que la funeraria adelantó dinero a Victoriano Senovilla para la compra de ataúdes defectuosos a la empresa Maderarte a un precio de 50 euros cada uno, los cuales posteriormente eran revendidos a la propia funeraria.
La sombra del escándalo se extiende aún más cuando la Fiscalía solicita penas que superan los 200 años de cárcel para los implicados en este entramado que, supuestamente, operó desde 1995 hasta 2015. Tras el fallecimiento del empresario Ignacio Morchón y del testigo principal Justo Martín, las acusaciones más severas recaen sobre la viuda y los tres hijos del fundador de la empresa: Ignacio, Laura y María del Rosario Morchón Vaquero. Enfrentan cargos por organización criminal, apropiación indebida, estafa, blanqueo de capitales y falsedad mercantil, con penas de 20 años de prisión para cada uno de ellos.
El juicio avanza, y se espera que el próximo lunes, 18 de mayo, nuevos peritos aporten más detalles al caso. El miércoles siguiente, las declaraciones de los fallecidos se reproducirán en la sala y los hijos del empresario testificarán. El ambiente en la audiencia es tenso, con el público y los medios expectantes ante la resolución de un juicio que no solo busca hacer justicia, sino reparar la confianza perdida en un servicio tan delicado como el funerario.
Este episodio no solo pone de relieve la corrupción que puede ocultarse tras las cortinas de empresas aparentemente respetables, sino que también subraya la importancia de la transparencia y la ética en el manejo de servicios esenciales para la comunidad. El caso ataúdes se convierte así en un recordatorio de que, incluso en el negocio de la muerte, la codicia puede llevar a acciones que mancillan la dignidad y el respeto que merecen los difuntos y sus familias.



