La activista cubana Lara Crofs, conocida en su vida diaria como Yamilka Lafita, ha levantado la voz para denunciar una realidad desgarradora que afecta a miles de familias en Cuba: el colapso total de los servicios funerarios. En un emotivo mensaje compartido en Facebook, Crofs expuso cómo el fallecimiento de su padre se vio envuelto en una serie de dificultades logísticas y emocionales que reflejan una crisis más amplia en la isla.
El drama personal de Crofs se vio agravado por un apagón que duró más de 40 horas, impidiéndole recibir la noticia de la muerte de su padre de manera oportuna. «Ni siquiera pude saber a tiempo que mi padre había muerto», escribió, resaltando la impotencia y el dolor de enfrentar una pérdida en medio de la oscuridad y la incomunicación. Este episodio personal se convierte en un símbolo del deterioro de un sistema que, según Crofs, convierte incluso la muerte en un lujo al alcance de quienes pueden pagarlo.
La denuncia de Crofs no solo se centra en su experiencia personal, sino que extiende su mirada a un sistema que parece haber perdido la dignidad en la gestión de algo tan sagrado como la muerte. «Hasta la muerte parece haberse convertido en un privilegio», afirmó, subrayando cómo los servicios funerarios en Cuba están atrapados en una red de sobornos y favores, donde el dolor se mercantiliza y los cadáveres se convierten en moneda de cambio.
Este sentimiento de frustración y denuncia no está aislado. Decenas de cubanos han compartido experiencias similares, confirmando que la crisis en los servicios funerarios es un problema extendido por toda la isla. Testimonios de personas que han tenido que improvisar féretros de cartón, o esperar días para que los cuerpos de sus seres queridos sean retirados, pintan un cuadro desolador de una sociedad en la que hasta el último adiós se ve empañado por la ineficiencia y la corrupción.
El contexto energético en Cuba agrava aún más esta situación. Apagones nacionales, como el ocurrido el 18 de septiembre, sumergen a millones en la oscuridad, dificultando aún más la comunicación y la gestión de servicios esenciales. A pesar de los intentos del gobierno por paliar la crisis, como la incorporación de vehículos eléctricos o la importación de coches fúnebres desde China, los esfuerzos parecen insuficientes frente a un deterioro estructural que lleva años sin solución.
El relato de Crofs y las voces que se suman a su denuncia son un llamado a la acción. Un reclamo de dignidad en un momento donde la desesperación parece ser la norma. En un país donde la muerte se ha convertido en un desafío logístico y económico, el grito de Crofs resuena como un eco de la necesidad de cambio y esperanza.



