En la era digital, cada clic, cada búsqueda y cada interacción en redes sociales construyen un legado virtual que, tras nuestra muerte, queda en manos de las grandes corporaciones tecnológicas. Algunos investigadores y académicos han puesto de relieve un dilema creciente: la pérdida de control sobre nuestros datos personales una vez fallecidos.
Durante nuestra vida, nuestras huellas digitales son parte de nuestra identidad. Sin embargo, al morir, esta información no puede ser legada a nuestros seres queridos. Fotografías, mensajes y opiniones pasan a ser posesiones de las empresas tecnológicas, que enfrentan el desafío de gestionar perfiles de usuarios inactivos. Se calcula que para 2060, Facebook podría albergar más perfiles de personas fallecidas que vivas, lo que plantea un reto para su modelo de negocio, ya que, obviamente, los muertos no hacen clic en los anuncios… o no deberían, como veremos.
Ante esta problemática, las redes sociales tienen principalmente dos caminos: eliminar los datos de los fallecidos o intentar reutilizarlos. Aunque la eliminación parece una solución lógica, muchas empresas, como la antigua Twitter, han optado por no llevarla a cabo, prefiriendo explorar la reutilización de esta información.
Más allá de las redes sociales, el debate se extiende a cómo las empresas pueden utilizar nuestros datos, desde pruebas de ADN hasta publicaciones en línea. Ejemplos hipotéticos sugieren que, en manos de terceros, esta información podría influir en aspectos tan sensibles como las primas de seguros para nuestros descendientes.
La llegada de la inteligencia artificial ha añadido otra capa de complejidad. Empresas como Meta han considerado crear bots que simulen ser personas fallecidas, perpetuando su presencia digital. Algunos advierten que estos «deathbots» podrían llevar a situaciones éticamente cuestionables, como la explotación de relaciones póstumas por intereses comerciales.
En este contexto, la protección de nuestro legado digital se convierte en una preocupación creciente. Aunque algunas plataformas permiten designar a un contacto de legado, como es el caso de Facebook, la legislación aún no aborda plenamente los derechos digitales de las personas fallecidas. Se sugiere que Europa debería considerar modificar el Reglamento General de Protección de Datos para incluir estas situaciones, aunque reconoce que el interés político y empresarial es limitado.
El control de nuestra historia digital no solo afecta a individuos, sino también a la memoria colectiva. En un mundo donde cada vez más aspectos de nuestra vida suceden en el ámbito virtual, el control de esta información por parte de un pequeño grupo de empresas plantea interrogantes sobre cómo se preservará nuestra historia para futuras generaciones.



