Durante dos mañanas, el Cementerio de Torrero dejó de ser únicamente un lugar de despedida. El 2 y el 3 de mayo, en el Andador de Costa y la Capilla, algo cambió en la rutina silenciosa del camposanto zaragozano. Quienes habían acudido a visitar una tumba, pasear entre recuerdos o simplemente atravesar el recinto, terminaron detenidos ante una voz que no buscaba espectáculo, sino memoria.
Vicente Férez, conocido como el “Poeta Funerario”, llegó a Zaragoza con una promesa clara: no vender libros durante su intervención. Su presencia no iba a apoyarse en el comercio, sino en la palabra desnuda. Y cumplió. No hubo mostrador, ni firma promocional, ni llamada a la compra. Solo versos, lluvia de mayo y un altar funerario concebido como espacio simbólico para rendir homenaje a las madres de Torrero.
Lo que estaba anunciado como un recital poético acabó adquiriendo una dimensión más íntima. Férez lo define como una “liturgia de la memoria”, una expresión que resume bien lo que allí sucedió: un acto sobrio, cargado de respeto, en el que la poesía sirvió para nombrar el amor, la pérdida y la gratitud que muchas veces quedan encerrados en silencio.
La reacción del público fue creciendo poco a poco. Primero, algunos curiosos se acercaron con distancia. Después, otros dejaron de caminar. Finalmente, muchos escucharon en completo silencio, visiblemente emocionados. Según varios asistentes, la escena terminó convirtiéndose en una especie de duelo compartido: personas desconocidas llorando juntas, abrazándose o agradeciendo al poeta haber puesto palabras a lo que ellas no sabían decir.
El momento más intenso llegó con los versos dedicados a las madres. En un lugar donde cada nombre grabado en piedra sostiene una historia, la intervención de Férez conectó con una emoción común: la necesidad de recordar sin prisa y de hacerlo con dignidad. Algunos testigos aseguraron no haber vivido nunca algo parecido en el cementerio.
El propio poeta resumió su postura con una frase que marcó el tono del encuentro: “No he venido a vender, he venido a entregar la palabra que me han dictado los silencios de España”. Esa decisión contribuyó a crear un clima de confianza y recogimiento poco habitual en actos públicos.
Tras su paso por Zaragoza, Vicente Férez se despide asegurando que se lleva la ciudad “en el corazón”. Su recorrido continúa con la misma intención: dar voz a quienes ya no están y ofrecer consuelo a quienes permanecen. Durante dos mañanas en Torrero, la poesía no fue un adorno para el recuerdo, sino una forma serena de acompañarlo.
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