A veces la historia empieza con una sospecha pequeña. Una frase dicha casi al pasar. Algo que no encaja del todo. En este caso ocurrió durante un interrogatorio en la Audiencia Provincial de Valladolid. Un abogado preguntó por qué nadie había recogido las cenizas de un fallecido. La respuesta dejó a la sala en silencio. “Yo sí las recogí… y las esparcimos en el monte”. Entonces el testigo se quedó pensativo unos segundos y añadió una posibilidad inquietante: si las cenizas seguían en el tanatorio, “entonces nos habrán dado otras”.
Esa escena resume el desconcierto que están relatando estos días numerosos familiares en el juicio contra 23 personas vinculadas al grupo funerario El Salvador. El proceso judicial analiza lo ocurrido entre 1995 y 2015 y trata de esclarecer una presunta trama de sustitución de ataúdes y posibles irregularidades en cremaciones.
Los testimonios escuchados este miércoles tienen algo en común: una mezcla de indignación, impotencia y dolor que llega años después de haber despedido a sus seres queridos.
Una de las víctimas explicó ante el tribunal cómo descubrió que el ataúd de su padre podría haber sido cambiado durante la cremación. La noticia llegó de forma inesperada. Su hermana acudió al juzgado para realizar unos trámites y vio el nombre de su padre en una lista de fallecidos afectados por el presunto fraude. “Sentí indignación, impotencia y muchísimo dolor. Descubrir que todo había sido un fraude fue devastador”, relató.
Otro testigo recordó la muerte de su padre en 1997. Durante décadas, explicó, su padre había pagado la póliza funeraria con la idea de garantizar un entierro digno. “Esto es un completo fraude”, afirmó ante los magistrados. Él tampoco pudo ver el momento en que el ataúd entraba en el horno crematorio. Según contó, las cortinas se cerraron justo antes.
Ese detalle se repite en muchos de los testimonios escuchados en el juicio.
Una nieta de otro fallecido en 1998 afirmó que recuerda “perfectamente” cómo el personal del crematorio cerró las cortinas en cuanto el féretro fue colocado frente al horno. “Crees que estás en manos de profesionales, pero después descubres que pudieron estar manipulando el cuerpo de tu familiar. Es vergonzoso”, declaró.
Otra mujer describió una escena similar cuando su madre iba a ser incinerada en 1999. Intentó acompañarla hasta el final, pero no se lo permitieron. “Quería seguirla, pero cerraron la cortina y me dijeron que estaba prohibido. Pregunté quién lo prohibía, pero nadie me respondió”.
Los familiares explican que en aquel momento no sospecharon nada. El procedimiento parecía normal y el dolor de la pérdida ocupaba todo el espacio. Las dudas llegarían años después, cuando comenzaron a conocerse las investigaciones y muchos nombres aparecieron en las listas del caso.
El juicio continuará la próxima semana. La Fiscalía acusa a 23 personas —entre ellas la viuda del fundador de la empresa y tres de sus hijos— de delitos como organización criminal, fraude continuado, malversación, falsificación documental y vulneración del respeto debido a los fallecidos.
Mientras tanto, quienes hoy declaran ante el tribunal siguen intentando responder a una pregunta que pesa más que cualquier condena: si las cenizas que guardaron o esparcieron eran realmente las de sus seres queridos.



