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El libro “Maquillar Muertos” abre el debate sobre intrusismo, técnica y ética

El libro “Maquillar Muertos” abre el debate sobre intrusismo, técnica y ética

Durante años, la expresión “maquillar muertos” ha servido para simplificar —cuando no trivializar— una de las áreas más técnicas y menos comprendidas del sector funerario. Rocío López ha decidido apropiarse de esa frase y convertirla en título: Maquillar Muertos, un libro que no busca escandalizar, sino desmontar prejuicios. Bajo la ironía late una tesis clara: la tanatopraxia no es cosmética, es disciplina sanitaria con rigor técnico, formación específica y una responsabilidad que rara vez se explica en público.

En estas páginas, la autora no solo reivindica el conocimiento práctico que implica manejar instrumental especializado o intervenir con precisión sobre un cuerpo, sino que traza también su propia evolución personal: de niña paralizada por el miedo a la muerte a docente y evaluadora que hoy defiende estándares formativos exigentes. Su relato se convierte así en un alegato profesional y, al mismo tiempo, en una reflexión sobre cómo el sector ha gestionado históricamente su visibilidad.

En un momento en que la profesionalización, la regulación y la reputación del ámbito funerario están sobre la mesa, este libro irrumpe como una oportunidad para abrir conversación desde dentro. No desde la épica ni desde el morbo, sino desde la técnica, la ética y el respeto. Con Rocío hablamos de intrusismo, formación, límites estéticos y del lugar que merece la tanatopraxia en el debate público.

El título Maquillar Muertos juega con un tópico muy extendido. ¿Qué crees que ha hecho más daño a la percepción social de la tanatopraxia: el desconocimiento, el sensacionalismo o el propio silencio del sector?

Te voy a ser muy sincera, el título de mi libro es, en realidad, un anzuelo necesario.

Soy plenamente consciente de que es un tópico y lo elegí con ironía precisamente por eso; porque es la frase que la gente usa para reducir todo nuestro trabajo a algo puramente estético. Creo que, si le hubiera puesto un nombre más técnico, solo lo leerían mis compañeros de oficio y hubiera pasado totalmente desapercibido a ojos de quienes realmente quiero llegar. Mi objetivo llegar a esas personas que nos ven desde fuera con miedo o curiosidad. Una vez que muerden ese anzuelo y abren el libro, ya puedo explicarles que nuestra labor es mucho más profunda.
Sobre qué nos ha hecho más daño, aunque es una mezcla de las tres, pienso que el mayor culpable ha sido nuestro propio silencio, porque es lo que alimenta a las otras dos. El desconocimiento es normal cuando algo no se cuenta, y el sensacionalismo aparece para rellenar ese hueco con morbo.

Como profesional que además fue una niña paralizada por el miedo a la muerte, me da rabia que se simplifique tanto. Siempre pongo el mismo ejemplo: a una auxiliar de enfermería no se la puede menospreciar simplificando su labor a las tareas de higiene, porque es un trabajo dignísimo que requiere formación sanitaria. En nuestro caso es igual, no cualquiera puede manipular un trócar o retirar un marcapasos simplemente porque lo haya visto hacer una vez. Creo que si nosotros no rompemos ese silencio y hablamos con rigor de la técnica, el mundo nos seguirá viendo como algo macabro en lugar de como los profesionales
que somos.

Afirmas que la tanatopraxia exige un rigor comparable al de la enfermería. Si tuvieras que defender esa equivalencia, pongamos, ante un legislador, ¿qué argumentos técnicos pondrías sobre la mesa?

Si me sentara ante un legislador, lo primero que le diría, casi como una pincelada necesaria, es que necesitamos unificar criterios. No tiene mucho sentido que el Reglamento de Policía Sanitaria Mortuoria sea diferente según la Comunidad Autónoma cuando la técnica y el respeto al cuerpo son los mismos en todas partes.

A partir de ahí, le explicaría con mucha claridad que la tanatopraxia es una disciplina técnica con una responsabilidad sanitaria real. Yo siempre insisto en que, para realizar un embalsamamiento, manejar un trócar o retirar un marcapasos de forma segura, no basta con haberlo visto hacer una vez, hace falta conocimiento de anatomía y un procedimiento riguroso.

Y por supuesto, defendería la formación. Ojalá en un futuro sea 100% oficial, pero mientras llega ese momento, lo que no podemos permitir es que se enseñe de cualquier manera. Yo vivo todas las caras de la docencia: tutorizo cursos teóricos de tanatopraxia por el SEPE y también soy docente en cursos presenciales donde sí realizamos prácticas reales en sala. Por eso, pienso que la teoría es el pilar que nos da dignidad y base científica, es lo que evita que seamos simples “manos que se mueven”. Pero también creo que esa formación solo es excelente cuando se culmina con la experiencia real.

¿Consideras que en España la formación en tanatopraxia está suficientemente regulada o seguimos dependiendo en exceso de la experiencia práctica y la transmisión interna?

Opino que todavía nos falta mucho camino por recorrer. Aunque existen los Certificados de Profesionalidad, la realidad es que el sector sigue dependiendo demasiado de la transmisión interna, de ese “ven y mira cómo lo hago”. Y eso, en una disciplina tan técnica como la nuestra, es un riesgo.

Como asesora/evaluadora oficial en los procesos de acreditación de competencias, me encuentro a menudo con profesionales que llevan años trabajando pero que carecen de la base técnica o del porqué de cada procedimiento. La experiencia es fundamental, por supuesto, pero la tanatopraxia no es un oficio que se hereda solo por observación; es una técnica que se estudia y se perfecciona con rigor. Me gustaría que el sistema garantizara que todo profesional ha pasado por ese filtro de calidad que aplicamos en nuestras clases.

Al final, pienso que mi labor es asegurar que el alumno no solo “sepa”, sino que “sepa hacer” con un respeto absoluto. Creo que el Certificado de Profesionalidad debe ser siempre un sello de garantía técnica y humana.

Por eso insisto tanto en que, mientras llega esa formación oficial de la que hablábamos antes, la prioridad hoy debe ser que se enseñe con prácticas reales y con estándares de calidad. No podemos permitir que el nivel de nuestra profesión dependa simplemente de la suerte que hayas tenido con el compañero que te enseñó en el tanatorio. Necesitamos que todos los profesionales salgan con la misma base técnica y científica.

Pongamos de ejemplo el uso del trócar o la retirada de marcapasos. ¿Qué errores habituales cometen quienes banalizan estos procedimientos? ¿Dónde está el verdadero riesgo técnico?

El error más común es el exceso de confianza y pensar que esto se aprende por inercia. Cuando alguien banaliza el uso del trócar, el fallo habitual es no conocer la anatomía profunda.

Si no sabes exactamente qué órganos estás aspirando o dónde estás inyectando el conservante, te arriesgas a que se produzcan escapes de líquidos, gases u olores que pueden arruinar por completo la presentación del difunto horas después. No es “pinchar por pinchar”, es una intervención técnica que requiere precisión para garantizar la salud pública y la estética.

Con el marcapasos, el riesgo es incluso más directo. Mucha gente se cree que es solo hacer una pequeña incisión y tirar, pero si no conoces el procedimiento técnico y las medidas de seguridad, puedes provocar un accidente. Un marcapasos que no se retira correctamente es un peligro real en un horno crematorio, donde puede causar daños gravísimos.

El verdadero riesgo técnico está en la falta de control. Como profesional que evalúa a otros, veo que la gente que solo ha “mirado” cómo lo hacía un compañero, a menudo no sabe reaccionar cuando surge una complicación anatómica o un imprevisto. La técnica y la formación no están para cuando todo va bien, sino para saber qué hacer cuando algo se complica. Ahí es donde se diferencia a un profesional de alguien que simplemente “Maquillar Muertos”.

Desde tu experiencia como docente y como asesora y evaluadora en procesos de acreditación de competencias profesionales, ¿qué perfil psicológico necesita un profesional funerario hoy? ¿Ha cambiado respecto a hace diez o quince años?

Aunque mi trayectoria en el sector es de casi seis años, han sido de una intensidad absoluta. Entre el trabajo diario en el tanatorio, las clases y mi labor como asesora y evaluadora en los procesos de acreditación de competencias profesionales, he tenido la oportunidad de ver perfiles de todo tipo y entiendo perfectamente ese cambio del que me hablas.

Creo que el profesional de hoy necesita, por encima de todo, equilibrio emocional y una honestidad profunda. En mi libro, “Maquillar Muertos”, soy muy clara con esto: el trato directo con las familias no es mi fuerte, pero no es por falta de empatía, sino precisamente por todo lo contrario. Soy una persona muy sensible y ese momento de dolor ajeno me cuesta mucho gestionarlo, aunque lo haga porque es mi trabajo y sé que me necesitan ahí. Creo que esa es la gran diferencia con respecto a hace años, antes quizá se buscaba una figura más fría para protegerse, pero hoy buscamos a alguien que reconoce su sensibilidad y sabe canalizarla.

Para mí, la mayor muestra de empatía hacia una familia no está solo en las palabras, sino en lo que ocurre dentro de la sala de tanatopraxia. Mi forma de respetarlos es poner todo mi rigor técnico en el cuerpo que me han confiado; tratarlos con una técnica impecable es mi manera de decirles que su ser querido está en las mejores manos. Como asesora, veo que los mejores profesionales hoy son los que tienen esa madurez para entender su propia sensibilidad y usarla para trabajar con un respeto absoluto. Ya no somos solo manos que trabajan en la sombra, somos especialistas con una responsabilidad humana y técnica enorme.

¿Detectas intrusismo en el sector? Y si es así, ¿qué consecuencias reales tiene para las familias y para la reputación de la profesión?

Sí, y lo veo de una forma muy clara. Para mí el intrusismo no es solo que alguien de fuera se meta en el sector, sino el que nace de la formación deficiente.

Me refiero a esos cursos que son pura teoría y que no ofrecen prácticas reales, al final estás lanzando al mundo laboral a personas que no han tocado un cuerpo de verdad hasta que llegan al tanatorio.

Como asesora y evaluadora de competencias, me duele ver que a veces se tiene el título, pero no se tiene el oficio. La consecuencia para las familias es demoledora: un servicio mal ejecutado no tiene vuelta atrás. Si el resultado estético o técnico no es el adecuado, el recuerdo que se lleva esa familia es traumático. Les estamos fallando en el momento más vulnerable de sus vidas, y eso es una responsabilidad que no se puede tomar a la ligera.

Para la profesión, esto es un lastre. Si no trabajamos con un rigor absoluto, la sociedad seguirá viéndonos bajo ese estigma de lo macabro o lo poco cualificado.

El intrusismo nos quita la seriedad que tanto nos cuesta ganar día a día. Nuestra mejor defensa contra esto no es solo un papel, es demostrar en cada servicio que detrás de nuestro trabajo hay una base técnica sólida y un respeto profundo por el fallecido.

El libro parte de tu miedo infantil a la muerte. ¿Crees que quienes trabajáis en este ámbito gestionáis mejor el duelo o, simplemente, aprendéis a convivir con él?

Javier, te voy a ser muy sincera: no somos superhéroes ni tenemos el corazón de piedra. Yo sigo siendo, en el fondo, esa niña que tenía pavor a la muerte; eso no se va del todo. Lo que pasa es que en estos casi seis años he aprendido que no hace falta ser fría para trabajar en un tanatorio. Al revés, ser sensible es lo que me hace cuidar cada detalle.

A mí me sigue impactando cada historia que entra por la puerta, me sigue doliendo el dolor de los demás. Pero he aprendido a transformar ese impacto en respeto y en cuidado. Cuando estoy en la sala y cierro la puerta, lo que hago es volcar todo ese sentimiento en mis manos.

No es que gestione mejor el duelo, es que trato de que el último recuerdo de esa familia sea de paz. Para mí, la tanatopraxia es mi forma de decirles a los que se quedan: “No os preocupéis, yo lo cuido por vosotros”. Mi miedo de niña se curó el día que entendí que mi trabajo es, simplemente, cuidar a quien ya no puede hacerlo para que su familia pueda despedirse con un poquito menos de peso en el alma.

¿Dónde situarías la frontera entre la restauración estética necesaria y la intervención excesiva? ¿Existe un código ético claro o sigue siendo terreno gris?

Pues mira, pienso que esa frontera es muy fina y, sinceramente, es uno de los temas más delicados de nuestro trabajo. Desde mi punto de vista, la ética no está escrita en un manual de leyes, sino en el respeto que les tengas a tus manos y a la persona que tienes delante.

Creo que el límite está en la identidad. No quiero que cuando la familia se acerque vea a un muñeco de cera o una máscara de maquillaje; lo que me gustaría de verdad es que sientan que su ser querido descansa. Si por querer arreglar cada detalle acabo cambiándole la expresión, pienso que me he pasado de la raya y le he faltado al respeto a su historia.

Para mí, menos, es más. Pienso que es mucho mejor que se vea una arruga o una marca que cuente quién era esa persona, antes que taparlo todo y que parezca un extraño. Al final, creo que el objetivo no es la perfección estética. Lo que me gustaría es que la familia pueda acercarse y decir: “Está tranquilo”. Cuando escucho eso, pienso que mi trabajo ha tenido sentido, porque les he devuelto la paz a ellos también. Ese es, para mí, el verdadero código ético.

¿Cómo afecta la presión económica —ajustes de costes, tiempos, externalizaciones— a la calidad técnica del trabajo en sala?

Es un tema complejo porque, desde mi punto de vista, hay que mirar las dos caras de la moneda para ser justos. Por un lado, pienso que las funerarias soportan una carga fiscal muy pesada, estamos en un 21% de IVA, que es el tipo más alto, y eso me parece una barbaridad para un servicio que es de primera necesidad. Me gustaría que se entendiera que bajar ese impuesto ayudaría mucho, tanto a las empresas como a las familias.

Por otro lado, creo que como profesionales debemos ser muy cuidadosos. A veces ocurre un poco lo que pasa con las bodas: parece que al usar ciertas palabras todo se revaloriza de golpe. Pienso que tenemos que evitar que se nos vea como alguien que se aprovecha de un momento tan duro.

Donde yo veo el riesgo real es cuando esa presión económica llega a la sala.

Desde mi punto de vista, si convertimos nuestro trabajo en una cadena de montaje por ahorrar tiempo o costes, el que siempre sale perdiendo es el fallecido. Me gustaría que el valor del servicio se viera siempre en el cuidado y el respeto que le damos al cuerpo. Cobrar por un trabajo técnico bien hecho es justo y necesario, pero pienso que ese dinero debe garantizar siempre que el último adiós sea digno y sin prisas. El equilibrio está en ser rentables sin perder nunca el alma.

Si tuvieras que resumir en una sola idea lo que te gustaría que entendiera la sociedad tras leer Maquillar Muertos, ¿cuál sería esa idea incómoda que casi nadie quiere escuchar?

Bueno, si te soy sincera, pienso que la idea más incómoda es que la muerte no es algo ajeno que solo les pasa a los demás, sino algo que todos vamos a compartir algún día. Pero lo que me gustaría de verdad con este libro es reivindicar nuestra profesión. Creo que es importante que, cuando la gente escuche la palabra tanatopraxia, no la simplifique solo como “Maquillar Muertos”. Mi libro se llama así, sí, pero lo que hay detrás es una ciencia, una técnica y un compromiso sanitario que va mucho más allá de la estética.

Me gustaría que el lector sintiera curiosidad por descubrir cómo es nuestro día a día de verdad, ese trabajo que casi nadie ve pero que es tan necesario para la salud pública y para el duelo. Pienso que hay mucha belleza y mucha humanidad detrás de las puertas de un tanatorio, y en estas páginas cuento momentos que, creo, pueden cambiar la forma en la que vemos nuestra propia vida.

Eso sí, creo que es fundamental dejar claro que “Maquillar Muertos” está escrito desde el respeto más absoluto y con todo el amor del mundo. Me gustaría que sintieran que cada palabra es un homenaje a los que ya no están y a esa niña que, por fin, dejó de tener miedo. Al cerrar el libro, pienso que la gente no sentirá tristeza, sino el alivio de saber que, cuando llegue el momento, habrá manos llenas de respeto esperando para cuidarlos con todo el mimo posible.

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