En el corazón del barrio Gótico de Barcelona, la plaza Vila de Madrid custodia un secreto de la antigüedad: una necrópolis romana que se remonta a los siglos I al III. Este enclave funerario, una joya arqueológica en pleno centro urbano, revela las costumbres y rituales que los romanos practicaban para honrar a sus muertos.
Entre las tumbas bien conservadas de la necrópolis, algunas presentan un curioso agujero en la parte superior. Este detalle, aparentemente insignificante, es la clave de un ritual ancestral. A través de este conducto, los familiares del difunto introducían alimentos en una antecámara de la tumba, simbolizando la conexión entre el mundo de los vivos y el más allá.
Las ceremonias funerarias romanas incluían dos banquetes en honor al fallecido. El primero tenía lugar el mismo día del entierro, y el segundo, nueve días después, marcando el final del período de duelo. Estas ofrendas alimenticias no solo eran un tributo, sino un modo de mantener al difunto en contacto con la vida que dejaba atrás.
La vía sepulcral de la necrópolis se extendía a lo largo de un camino secundario que comunicaba Barcino con la actual zona de Les Corts, conectando con la Vía Augusta. Las tumbas, pertenecientes a personas de clase media y baja, se situaban fuera de las murallas de la ciudad, cumpliendo con la ley romana que prohibía los enterramientos dentro de los límites urbanos.
El destino de la necrópolis estuvo sellado por el paso del tiempo y los sedimentos arrastrados desde Collserola, que cubrieron la vía sepulcral y preservaron los sepulcros en un estado óptimo hasta su descubrimiento en los años 50 del siglo XX. Fue durante las obras de urbanización en 1956, tras la destrucción del convento de Santa Teresa de les Carmelites Descalces durante la guerra civil, cuando se desenterraron estos vestigios históricos.
Hoy, la necrópolis de Vila de Madrid es un testimonio silencioso de las creencias y tradiciones de la antigua Roma. Su presencia en Barcelona no solo enriquece el patrimonio cultural de la ciudad, sino que ofrece una ventana al pasado, permitiendo a los visitantes explorar los rituales que definieron una civilización.
La conservación de este sitio arqueológico es un recordatorio de la complejidad del legado romano y su influencia perdurable. La simplicidad de un agujero en una tumba revela la profundidad de una cultura que buscaba en la muerte, no un final, sino una continuidad con la vida.




