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El aumento de funerales en Cuba pone en tela de juicio el discurso oficial sobre el control del virus

El aumento de funerales en Cuba pone en tela de juicio el discurso oficial sobre el control del virus

En un contexto donde las cifras oficiales parecen indicar un control sobre la arbovirosis en Cuba, las funerarias cuentan una historia diferente. Recientemente, un recorrido por varias salas de velatorio en La Habana reveló una actividad inusualmente alta, sugiriendo que el verdadero impacto del virus podría estar siendo subestimado. En particular, la situación es crítica en Guantánamo, donde en un solo día se llevaron a cabo 27 velatorios.

En Guanabacoa, la funeraria de Bertematti se encontró con todas sus capillas ocupadas, un fenómeno raro en dicho lugar. Afuera, las familias esperaban pacientemente su turno para despedirse de sus seres queridos. Aunque no se puede afirmar con certeza que los fallecidos fueran víctimas de un virus específico, el vocabulario susurrado en las puertas de la funeraria parecía indicar lo contrario: «gelatina», «sopa», «fiebres», «se deshidrató», «los dolores no lo dejaron».

Este patrón se repite en otras funerarias de La Habana, como la de San Miguel del Padrón y Regla, donde las salas estaban ocupadas y se observó la presencia de personal médico con mascarillas, sugiriendo un protocolo sanitario no oficial. La falta de estadísticas completas por parte de los hospitales y el silencio de las autoridades alimentan la desconfianza entre la población. Un hijo de un fallecido en Regla expresó su inquietud: «La mayoría no va al hospital. Entonces, ¿cómo uno sabe cuántos enfermos hay?».

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La doctora consultada por 14ymedio en Cotorro explicó que, aunque el virus puede causar complicaciones graves como encefalitis y miocarditis, estas no siempre se registran en los certificados de defunción. En el barrio La Jata, la muerte de un niño ha convulsionado a la comunidad, siendo la única atribuida sin dudas al virus por los vecinos.

El temor crece en las provincias orientales, donde las condiciones insalubres y la falta de higiene tras la tormenta Melissa han exacerbado la situación. Un residente de Guantánamo relata el incremento en los fallecimientos, vinculándolo a la acumulación de basura y el mal ambiente. «La ciudad entera lo comenta. La gente está asustada», afirma.

En este clima de incertidumbre, incluso aquellos que sobreviven al virus enfrentan secuelas prolongadas. Yolanda, de 22 años, todavía sufre de mareos y agotamiento un mes después de haberse recuperado. «Pensé que no amanecía», confiesa, mientras describe el pánico que siente por su hijo pequeño y el temor que se vive en el círculo infantil.

El panorama en Cuba es claro: la desconfianza en las instituciones de salud y el miedo a acudir a los hospitales han convertido al virus en un catalizador social del pánico. Tanto el dengue como otros virus, cada vez más agresivos, parecen estar fuera de control, dejando una estela de incertidumbre y temor en la población.

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